En la habitación 201 del Baron se alojaba siempre Atatürk; en la 202, Lawrence de Arabia. En la 203 dormía Agatha Christie, que visitaba Siria todos los años con su segundo marido, que era arqueólogo
01 oct 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Cuando, a principios del siglo XX, se estaba tendiendo la línea de ferrocarril que uniría Berlín y Bagdad, en Alepo abrió el hotel Baron. Lo fundó un empresario armenio. El Baron era entonces el único establecimiento de lujo de esta ciudad siria y uno de los mejores de Oriente Medio. Tenía agua caliente, electricidad y el empaque de un palacio veneciano. Enseguida se convirtió en uno de esos hoteles internacionales visitados por personajes ilustres, y que siempre eran los mismos en todas partes. En la habitación 201 se alojaba siempre Atatürk; en la 202, Lawrence de Arabia. En la 203 dormía Agatha Christie, que visitaba Siria todos los años con su segundo marido, que era arqueólogo -«Es una suerte», solía decir, «así, cuánto más vieja me haga, más interés tendrá por mí»-. Fue precisamente en aquella habitación 203 en la que Christie empezó a escribir su Asesinato en el Orient Express, que comienza con una escena en la que Hércules Poirot se sube al tren en Alepo y, después de inspeccionar su compartimento, le pide al revisor una botella de Perrier.
El hotel Baron no solo era la encarnación del cosmopolitismo sirio, también de sus proyectos de nación moderna, de sus éxitos y sus fracasos. Fue desde uno de sus balcones desde el que el rey Faisal I proclamó la fallida independencia del país en 1918, el mismo balcón desde el que Nasser proclamaría la también fallida unión de Siria con Egipto en 1958. Todos los presidentes del país durmieron allí al menos una noche, como un ritual, con la única excepción de Nureddin al-Atassi, que quizás por eso fue depuesto por Hafez al Asad, quien lo primero que hizo fue establecer su cuartel general en el hotel Baron.
El hotel todavía está en pie en el barrio de Aziziyeh, pero ya no funciona como tal. Cuando los yihadistas entraron en Alepo en el 2012 y se hicieron fuertes en la Ciudad Vieja, el Baron quedó en la zona gubernamental, pero a unos pocos cientos de metros de los rebeldes. Sobre su tejado cayeron algunas granadas de mortero disparadas por los combatientes barbudos del Frente al Nusra. Han dejado unos agujeros por los que se cuela el agua cuando llueve. El resto del hotel está intacto pero desierto. Ya no hay huéspedes de pago. El último dueño, Armen Mazloumian, murió hace unos meses. Hace un año, el Baron sirvió brevemente de centro de mando del Ejército sirio, y ahora están alojadas allí varias familias, un puñado de refugiados de entre los cientos de miles que huyeron de la otra parte de la ciudad cuando llegaron los rebeldes (hay civiles y refugiados en ambos bandos).
En la habitación donde durmió De Gaulle cuelga la ropa sucia; en la que paró Rockefeller se crían gallinas para vender los huevos; en la que escribió Agatha Christie se hacinan niños que han visto crímenes que ella nunca hubiese ni imaginado. El hotel Baron sigue siendo un símbolo del país. Las ventanas de una fachada miran a una Siria donde hay convivencia pero no hay libertad, las de la otra fachada se asoman a otra Siria donde hay rebeldía pero también un fanatismo sectario.
Como es sabido, en Asesinato en el Orient Express, al final al muerto lo han matado entre todos los pasajeros, cada uno con una puñalada. Es un crimen que queda impune porque Poirot, por una vez, prefiere ocultarle la verdad a la policía. También a Siria la han matado entre todos, dentro y fuera. Pero es un crimen que no quedará impune, en cierto modo, porque la guerra tiene esa característica: que castiga a inocentes y culpables por igual. Porque es una forma de justicia verdaderamente ciega, y además demente.