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Habitado durante ocho siglos por los antiguos galaicos, el gran castro comercial marítimo de la ría se vio rodeado, con el paso del tiempo, por el entramado urbano de Vilagarcía. Bosque e historia a un paso de casa
02 mar 2020 . Actualizado a las 11:43 h.Gracias a las anotaciones que Julio Cesar tomó durante sus escaramuzas con Vercingetorix y sus druidas, aliñadas por la brillante utilización que de todo ese material hicieron Goscinny y Uderzo, sabemos que lo que más temían los galos era que el cielo se desplomase sobre sus cabezas. A los antiguos galaicos que, centuria arriba, centuria abajo, habitaron el castro de Alobre entre los siglos IV antes de Cristo y IV de nuestra era, lo que se les vino encima con el paso del tiempo no fue el firmamento, sino una lluvia de hormigón que acabó encerrando su amado poblado en un bosque cercado por el puerto y el crecimiento urbano de Vilagarcía. Pese a ello, hasta que a finales del siglo XIX a alguien se le ocurrió desecar las marismas del río de O Con, el aspecto de este paraje debió de competir sin despeinarse con el de los más bucólicos enclaves de la vieja Escocia. El mar de Arousa bañando un imponente pazo de torre almenada, cuyos señores iban y venían de la iglesia parroquial de Santa Baia a través de una pasarela que, con la marea llena, sobrevolaba las aguas de la ría.
Por aquel entonces, Alobre dormía ya un sueño de eras bajo un manto de tierra y vegetación exuberante. Despertó tímidamente a principios del siglo pasado gracias a Fermín Bouza Brey y a Fernández Gil Casal, cuyos trabajos condujeron al hallazgo de una ara dedicada a Neptuno, y se despereza definitivamente ahora, de la mano de una secuencia de excavaciones impulsadas, en su último tramo, por la Diputación de Pontevedra y la idea de convertir el parque en un museo al aire libre.
Aquí abajo, enterrado, yace un tesoro del que dan cuenta veinte mil piezas, 240 de ellas de bronce, con hitos del tipo de una moneda de la época de Augusto, un denario de plata del 69 antes de Cristo —extraordinario, habida cuenta de la escasez de huellas de la república romana en Galicia—, un adorno femenino procedente del mundo etrusco, fíbulas semejantes a las que se pueden rastrear en Inglaterra. Y, en fin, pruebas evidentes de una intensa relación comercial que ponía en comunicación las culturas mediterránea y atlántica.
Mientras la musealización no llega, tampoco es cuestión de desaprovechar lo que este lugar ofrece. Su magia se conserva entre laureles y carballos. El arbolado configura, de hecho, una foresta muy semejante a la de la isla de Cortegada, que puede vislumbrarse todavía desde la terraza inferior del parque entre grúas, rellenos y contenedores. La croa del castro, coronada por enormes rocas redondeadas, muestra indicios de que algo grave sucedió en Alobre en la época de la conquista romana. Un acceso bien reconstruido permite ascender hasta aquí desde la parte posterior del conjunto monumental de Vista Alegre, en pleno centro de Vilagarcía. En 1915, el gran Sorolla pintó en este entorno la cuota de Galicia en el encargo que la Hispanic Society de Nueva York le encomendó para retratar los pueblos de España. Un bosque que rezuma historia, rodeado por una ciudad. Algo así como la perfecta inversión de Astérix. Por Tutatis y Endovélico, solo falta un buen jabalí que echarse al bandullo.