De patrulla por la cuarentena

José Manuel Pan
José Manuel Pan REDACCIÓN / LA VOZ

SOCIEDAD

EN ESTADO DE ALARMA. La imagen muestra el aspecto de una de las zonas más céntricas de A Coruña. Es viernes por la noche y todo está desierto. No hay nadie en la calle. Dos agentes de la Policía Nacional vigilan. Su labor es fundamental en estos días de estado de alarma
EN ESTADO DE ALARMA. La imagen muestra el aspecto de una de las zonas más céntricas de A Coruña. Es viernes por la noche y todo está desierto. No hay nadie en la calle. Dos agentes de la Policía Nacional vigilan. Su labor es fundamental en estos días de estado de alarma vítor mejuto

El estado de alarma deja las calles desiertas: sin gente, sin coches, sin ruidos. De noche es peor. La Voz acompañó a una patrulla de la Policía Nacional en A Coruña

23 mar 2020 . Actualizado a las 15:58 h.

Once y media de la noche del viernes. Cuatro coches avanzan por las calles de A Coruña. El primero es un Zeta de la Policía Nacional. Le siguen el del redactor, el del fotógrafo y otro coche policial de apoyo. La ciudad está desierta. Impresiona. «Nunca la hemos visto así», dice el agente Vázquez, uno de los policías asignados a esta patrulla. Nadie camina por la calle. No hay coches, solo algunos taxis a la espera de la nada. No hay ruidos. La sensación es extraña. Cualquier otro viernes la noche coruñesa sería intensa, llena de vida, de bares abiertos, de restaurantes, de picoteo, de terrazas, de grupos, de risas. Cualquier otro viernes.

Entramos en Matogrande, el barrio de moda. El silencio también se impone aquí. Paramos en un paso de peatones para que un joven cruce la calle junto a su perro. Es el único peatón visible desde que salimos de la base policial de Lonzas. Lleva puesta una mascarilla y camina con paso rápido, con la mirada en el suelo. Extrañamos los atascos de esta zona. Está todo cerrado. La de los viernes es la noche preferida de este barrio de vinotecas, de gastrobares, de sitios de copas. De cualquier otro viernes.

La patrulla atraviesa avenidas con grandes edificios. Parece madrugada, pero no lo es. Se intuye vida en los pisos, luces encendidas en medio de una ciudad apagada por la cuarentena, encerrada en sus casas, que cumple con la recomendación de no salir. «En noches como esta hay zonas de ocio que están muy concurridas. Ahora están desiertas», dicen los policías. El coronavirus también ha cambiado sus misiones. Lo explican desde la Policía Nacional: «Ahora mismo nuestra labor fundamental es ayudar a los ciudadanos en la tarea de combatir el virus. Nuestro primer objetivo es proteger la salud pública, asegurar el abastecimiento de bienes de primera necesidad y respaldar el trabajo del personal sanitario».

Nos dirigimos a Cuatro Caminos. Cerca de la estación de autobuses, una mujer y un niño caminan con bolsas en la mano. Son los únicos de la calle. Nos miran. Los miramos. Hasta que abren la tapa de un contenedor y arrojan las bolsas. Al llegar a la plaza donde el Superdépor celebraba sus éxitos hacemos una parada. Otra vez la misma sensación. Tanta quietud produce intranquilidad, casi miedo. Se ven siluetas en las ventanas. Los patrulleros salen del coche. Al otro lado de la calle pasa otro hombre con perro. Ese es uno de los motivos permitidos para salir a la calle durante el estado de alarma. En general, los ciudadanos están cumpliendo, pero hay casos en los que los policías tienen que intervenir para garantizar las restricciones que establece el estado de alarma.

Este viernes, la Policía Nacional tenía contabilizadas ocho detenciones en Galicia por desobediencia grave, por no querer abandonar la vía pública pese a que los agentes les insistieron. La figura de los dos policías en la calle desierta es lo único que destaca esta noche en la zona donde se encuentra la principal cervecería de Estrella Galicia, donde hay un bingo, donde hay una zona de nuevos restaurantes y cafeterías. Donde hoy no hay nada. Todo cerrado.

Los semáforos en rojo

Atravesamos la avenida de los jardines de Méndez Núñez, en pleno centro de la ciudad. Los semáforos siguen poniéndose en rojo. Toda la señalización de la noche está activa: las luces de los escaparates, los neones de los locales de hostelería y de los comercios. Parece como si estuvieran esperando la llegada de alguien que no va a aparecer. Los ciudadanos han tomado buena nota de las recomendaciones y salir a la calle no está entre ellas.

No salen ni los ladrones. Desde que se instauró el estado de alarma el número de robos ha bajado. No hay casi delincuencia. «La situación de confinamiento en los domicilios ha hecho descender mucho los hechos delictivos contra el patrimonio», confirman desde la Jefatura Superior de Policía de Galicia. Robar en un domicilio que siempre está ocupado parece complicado. Y la presencia de un ladrón en la calle se descubre fácilmente porque no hay nadie más.

La patrulla se dirige hacia las siempre bulliciosas calles del Orzán, llenas de discotecas, pubs y ruidos para los vecinos. No queda nada de eso. Solo el camión de la basura podría despertar a los residentes con oído ligero. Los rotativos azules del coche Zeta, un Citroën Picasso, iluminan ya el entorno del mercado de San Agustín. Allí, la presencia de una joven llama la atención de los policías. Es la única de la calle. Uno de ellos se baja del coche y se acerca a la chica, que camina calle arriba. Son las doce y media de la noche. El agente le pregunta por qué está allí. Ella saca un papel del bolso. Es una nómina. Trabaja en una pizzería.

Los policías son grupo de riesgo y la población se lo agradece con aplausos cada tarde, junto a los sanitarios: «Nuestro trabajo se debe a la sociedad. Somos conscientes de que nuestro deber nos obliga a prestar servicio en situaciones complejas como las que estamos viviendo, y por eso cualquier muestra de reconocimiento por parte de los ciudadanos es muy motivador».

Una hora y media después, la patrulla regresa a la base, sin ninguna incidencia que anotar, algo extraño porque es viernes. Pero no un viernes cualquiera.