La Mari de Chambao revela su «proceso de autodestrucción» tras curarse del cáncer de mama: «Una parte de mí quería saber adónde podía llegar»

SOCIEDAD

La cantante malagueña, actualmente integrante única del grupo, fue diagnosticada de un carcinoma ductal infiltrante de grado 3 en el 2005
07 mar 2025 . Actualizado a las 16:41 h.Cuando María del Mar Rodríguez Carnero aceptó ser parte de un grupo junto a su novio Edi —Eduardo Casañ— y el primo de este, Daniel, en el 2002, poco se imaginaba esa tímida chica malagueña, que pedía cantar de espaldas porque le daba vergüenza enfrentarse a la mirada de la gente, que estaban inaugurando lo que llegaría a ser un proyecto exitoso y multipremiado. «Éramos unos chavales que empezaron en la música con una que nunca antes había cantado», define ella los inicios de Chambao. Ahora, ese nombre es sinónimo de La Mari, que se quedó a los mandos en solitario del proyecto en el 2005. «Cuando me quedo sola, es porque no nos soportamos», le ha confesado la artista de 50 años a Mara Torres en el programa El Faro, de la Cadena Ser.
Pero enseguida matiza que no fue solo eso. Hubo más factores que llevaron a la ruptura con los integrantes primigenios de la banda. Precisamente en ese año, a La Mari le dieron también la noticia que cambiaría para siempre su vida. Tenía 30 años. Había ido a una inspección ginecológica y, de algún modo, aunque no se esperaba el diagnóstico, hubo algo en sus adentros que la llevó a tomar la precaución de convocar a sus padres media hora más tarde de la cita real. «No recuerdo ni por qué hice eso», reconoce. Pero el caso es que así sucedió.
La valoración de la doctora se escapaba a la única palabra médica —«quiste»— que para ella existía hasta ese momento. Muy pronto, su diccionario particular se iba a nutrir de términos como «biopsia», «patóloga» o «quimioterapia». «Tienes un carcinoma ductal infiltrante de grado 3», le dijo su ginecóloga. La Mari hizo un par de preguntas, inmovilizada por el shock de unas palabras que no significaban todavía nada para ella, y se fue, escaleras abajo, con su informe. «Volví a subir y le pregunté: "Perdona, ¿pero qué es lo que tengo?"». La doctora se lo aclaró: «Tienes cáncer de mama; es prematuro, pero agresivo, así que hay que ir pensando en operarte y luego la quimio».
La Mari considera que, a sus 30 años, era todavía una chiquilla que, de repente, se vio obligada a crecer. «Fue la primera vez que me sentí adulta», pensó, sentada en un banco de la calle sin poder parar de llorar. Sus padres llegaron entonces y la acompañaron con sus lágrimas.
Sus padres fueron su gran apoyo en todo el proceso. Pero La Mari, confiesa, se sentía sola. Y también responsable. «Decido ponerme el traje de superwoman para que mi familia se venga arriba conmigo», explica. Había muchas razones para no dejarse derrumbar. Muchos aspectos de su pasado familiar que la instaban a no suponer carga alguna para sus padres. «Mi hermano, con las drogas; mi hermana Aurori, que se fue a Sevilla; mi hermana Toñi, que tuvo un accidente... Y ahora voy yo y tengo cáncer», se fustigó la artista.
Tras las quimios y todo el proceso que la llevó a curarse del cáncer de mama, llegó su caída al abismo, un camino autodestructivo plagado de intentos de relación amorosa en la que se van repitiendo patrones de «mendigar amor» y, sobre todo, de falta de amor propio. «Fue mi declive personal, mi falta de dignidad hacia mí misma», indica. Eso la llevó a dejarse ir a las adicciones, al alcohol y las drogas y a muchos otros aspectos. «Pero es que yo quería caer, había esa parte de mí que quería decir: "A ver adónde puedes llegar"», confiesa sobre este episodio que narra en su último libro En la cresta del ahora.
Le siguieron años de mentiras y medias verdades, de fingir que, incluso en los días malos, estaba bien. Todo cambió el 30 de enero del 2022, el día en el que decidió escribir en un calendario la palabra «rota». La autoconsciencia de sus pautas perjudiciales la llevó a entender que, a partir de ahí, las cosas tenían que cambiar. «Sentí que me rompía cuando empecé a llorar y a pensar que me quiero morir». Y empezó el proceso de reconstrucción.
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Una conversación con sus padres le sirvió para darse cuenta de que era el camino correcto. Los llamó y les reveló que, durante todo ese tiempo, les había estado mintiendo. La respuesta de su madre fue la que provocó la chispa definitiva hacia la lucidez. Lejos de sorprenderse por la confesión de su hija, le dijo: «Si nosotros ya te estábamos esperando, Mari».
Ahí fue cuando sintió que se había curado, y que no iba a mentirles nunca más a sus padres. Con todo, reconoce que el proceso nunca se acaba del todo. «Ni estoy desenganchada ni estoy limpia», le dijo a Sonsoles Ónega, «hay muchos tipos de adicciones, y la base es la falta de amor hacia ti misma», reflexionó, dejando claro que en temas tan delicados como estos, «no todo es blanco o negro».