Aquella era otra historia

TELEVISIÓN

Será que crecí con 3, 2, 1 contacto, Mazinger, La bruja Avería, V, y con un cine galáctico que abría los brazos (y la casa) a los extraterrestres que la historia nunca ha ido conmigo. Debe ser eso, el haber sido educada por una televisión cuyo presente era más bien futuro, con algún tartamudeo en forma de pasado a lo Yo Claudio, que me cuesta encorsetarme en las ficciones de moda. La tendencia medieval de cualquier pasado fue mejor no acaba de abrirme a las series históricas. Esas en las que se visten y se ambientan en los outlets -a mí me tienen un punto siempre de desfase-, con unas tramas tejidas en la superficialidad de la aventura. En la historia hechas series solo funciona la evasión de sacar la espada, previa imagen de abdomen trabajado en el gym, y arrastrar a la chica por los pelos, pero no hay crónica ni análisis ni reflexión. Por eso los estrenos de Toledo e Isabel, que se suman a Águila Roja e Hispania, harán crecer aún más mi ignorancia nutrida de Roma y Los Tudor. Es posible que, ante tal cúmulo de oferta, acabe por mezclar como adolescente examinada por el informe Pisa épocas y estilos que nada tienen que ver, y diga Hispania donde debería decir Iberia. Pero al abrigo de la audiencia no hay más futuro que el de los datos, esos que indican que hoy el horizonte está, hablando de televisión, lleno de recuerdos que, al menos en mi memoria, son otra historia.