Ni el Año Nuevo ha logrado conceder una tregua a los muchos críticos que atesora desde agosto el programa Entre todos, de TVE, una fórmula vespertina que aspiraba a convertirse en una red social de cooperación pero que ha resultado ser, a ojos de sus detractores, un espacio que sustituye los derechos sociales por la caridad y que convierte en espectáculo la desgracia ajena. Oposición, prensa extranjera -léase, Le Figaro-, Consejo General del Trabajo Social y hasta la defensora del espectador del ente han mirado con lupa este excesivo formato en el que se pide colaboración a los ciudadanos para paliar los dramas que deja la crisis, sin cuestionarse el porqué de tamañas situaciones. Un vacío que centra uno de sus principales reproches. Del Estado, y de una televisión pública, se espera justicia social, no limosna.
De confirmarse lo publicado en algunos foros, las suspicacias habrían llegado a miembros del Gobierno, molestos por la imagen, supuestamente engañosa, que vierte a nivel internacional, con instantáneas de miseria y necesidades no aptas para la ingenua marca España, que aún cotiza a la baja. No pesaría tanto que el espacio no atenúe la pérdida de credibilidad del ente como que las desgracias ya no sean de consumo interno.