El Dépor, Do Dragao y el drama de un empate envenenado

El Deportivo regresa a Do Dragao trece años después de tocar el techo histórico del club, con la disputa de las históricas semifinales de la Champions League


Fue el punto más álgido de la historia de la entidad, con el prestigio por las nubes y codeándose entre la aristocracia del fútbol europeo en la mejor competición de clubes del planeta.

El Deportivo se presentaba en Do Dragao, el 21 de abril de 2004 con una de las mejores plantillas de su historia, un equipo en plena madurez deportiva, preparado y acostumbrado a las grandes citas, curtido en duras batallas en la Champions League y La Liga y con el poso necesario para lidiar con la semifinal de Champions que se avecinaba. Un Dépor con potencial evidente de ser campeón de la Champions League, ante una terna que completaban OportoMónaco y un Chelsea previo a la época de Mourinho y Abramovich.

Un partido, un desplazamiento histórico y masivo con más de 6.000 hinchas herculinos desplazados a orillas del río Duero. La ciudad de Oporto se engalanaba más que nunca con el blanco y azul entregados a la causa que abanderaba un imberbe José Mourinho en el banquillo de los dragones, pero esta vez la gaita y la bandera galaica tomaban cada calle de la ciudad lusa, alentando el mayor de los sueños del Deportivo.

Do Dragao acababa de nacer. A pocos meses de la disputa de la histórica Eurocopa de Portugal de 2004, el estadio vivía sus primeros meses de vida y albergaba a 50.000 almas para un Oporto - Deportivo que había paralizado el noroeste de la península.

Era el Oporto de Ricardo Carvalho, de Maniche, de Deco, pero especialmente era el Oporto de Mourinho, un equipo rudo, sólido, con una disciplina táctica inquebrantable basado en el orden, el sacrificio y la solidaridad. El Dépor, era un equipo con mucha más calidad que aquel Oporto, menos disciplinado, pero con mayor talento. Naybet y Andrade en el centro de la zaga, el equilibrio de Mauro Silva en el medio, la creatividad de Valerón y la pegada de Luque y un iluminado Walter Pandiani en ataque. Era un Dépor mayúsculo, que llegaba además en estado de gracia tras golear al AC Milan en los cuartos de final en el legendario partido de Riazor.

El partido fue tedioso, plomizo por momentos, con poquísimo fútbol. El miedo imperó entre dos equipos cuyo respeto y temor a recibir un gol fue mayor que su capacidad para generar fútbol. El espectáculo quedó para otras lides. El Oporto supo imponer más su juego, el que se basaba en que el balón no rodase, el de frenar la elaboración y el dinamismo del Deportivo y para ello llevó el juego al límite del reglamento. La dureza de Ricardo Carvalho con Valerón, la de Paulo Ferreira con Luque y la frustrante permisividad del árbitro alemán de infausto recuerdo, Markus Merk marcaron el partido. El Oporto llegaba a la ida de semifinales con siete jugadores apercibidos de sanción en el once inicial, ninguno fue castigado con amarilla. La dureza se cobró una víctima ya en la primera parte, un Albert Luque que tuvo que abandonar el campo en camilla tras una dura entrada de Paulo Ferreira. Para colmo, la primera parte se cerraba con Mauro Silva viendo una amarilla por protestar una durísima entrada de Ricardo Carvalho a Valerón, una cartulina que le privaba del crucial duelo de vuelta.

En la segunda parte el Oporto aumentó la presión, la hinchada de Do Dragao intensificó también el ambiente a favor de los suyos y las seis mil almas herculinas se encargaban de recordar a los suyos, cada minuto, que allí no estaban solos.

Mourinho introducía al gigante lituano Jankauskas para acompañar a McCarthy y Carlos Alberto en ataque y el Oporto tuvo acciones aisladas para llevarse el triunfo en esa segunda parte. Con un juego directo y rudimentario, los locales rozaron el gol en varias ocasiones; primero fue Maniche con una vaselina desde fuera del área que rechazó el larguero de la meta de Molina. Varios minutos después, una falta lateral ejecutada por Deco lo remataba a bocajarro Jankauskas con Molina ya batido, el esférico lamía el poste derecho y se marchaba fuera por centímetros.

En ataque el Dépor apenas tenía incidencia. Valerón se perdía en la red que había tejido Mourinho para maniatar su fútbol, una red basada en la brusquedad física de Costinha, Jorge Costa y Ricardo Carvalho que empequeñecieron al de Arguineguín en Do Dragao.


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En el tramo final el Dépor tiró de inteligencia, supo administrar bien los minutos, cerrar bien los espacios en defensa sin pasar grandes apuros, jugando con el tiempo a su favor y un resultado que le dejaba la oportunidad de resolver ante su afición el pase a la gran final. Ahí apareció la veteranía de Mauro Silva y Naybet, el derroche físico de Manuel Pablo y Romero en los laterales y el sacrificio de Sergio. Solamente hubo una acción que tiró por la borda esa inteligencia del Dépor, un lance, un «acto reflejo» como llegó a definir Deco tras el partido. Fue esa famosa carantoña de Andrade a su amigo Deco, ese toque con la pierna tan leve como innecesario por el momento y el contexto, un gesto que a cinco minutos del final supuso un punto de inflexión en la eliminatoria. Markus Merk, coronó su pésima actuación interpretando como agresión el toque de Andrade: «Is my friend, is my friend» insistía el central portugués, incrédulo, al árbitro antes de que le mostrase la cartulina roja. El Dépor acabaría con diez, la baja de Andrade acabó siendo crucial en la vuelta y para colmo Deco alimentaba la sensación de injusticia con la que el Dépor y su afición abandonó aquella noche Do Dragao: «Andrade es mi amigo, no fue una agresión el golpe que recibí, fue un acto reflejo. El árbitro interpretó muchas cosas mal en este partido», decía el genial mediapunta del Oporto.

El partido acabó ahí, con un Dépor debilitado por las bajas y por la pésima actuación arbitral que acabó decantando el partido de vuelta. Tras ese duelo de ida , Mourinho e Irureta quisieron jugar su particular partido, con un cruce de declaraciones cargadas de ironía que ejemplificaban la tensión de la eliminatoria. Mourinho, siempre ácido y con esa tendencia al victimismo, tiraba con bala contra el Dépor y la propia UEFA: «Estuvieron perdiendo el tiempo todo el partido con la complacencia del árbitro. Los que más corrieron del Deportivo fueron el masajista y el médico. Mauro Silva y Andrade debían haber sido expulsados, parece que hay interés en que el fútbol portugués no llegue nunca a una final de Liga de Campeones» clamaba. Jabo Irureta no quiso ser menos y tiró de la fina ironía que le caracterizaba: «Que buenos deben ser los del Oporto, que tenían siete apercibidos de suspensión y todos se salvaron de ver una amarilla». Además, el técnico del Deportivo acertó en el análisis de lo que finalmente ocurriría en Riazor: «La eliminatoria queda muy peligrosa, hemos de tener mucho cuidado de que el Oporto no nos marque, de lo contrario, podría darnos un disgusto».

El destino, a veces cruel e injusto se ensañó con el Deportivo en la vuelta. Pero aquel epílogo ya es otra historia. Do Dragao quedará como el histórico escenario de un empate con envoltorio de ilusión pero que resultó ser un caramelo envenenado. Un equipo preparado para alzar la Copa de Europa en Gelsenkirchen que se vio mermado por errores propios y sobre todo por las ajenas pésimas decisiones arbitrales. El Dépor vuelve mañana a Do Dragao en las antípodas de lo que un día llegó a ser, el escenario, sin embargo volverá hacer trabajar a los más nostálgicos y lamentarse a perpetuidad por lo que pudo haber sido y al final nunca llegó; un Dépor bañado en gloria alcanzando la mayor cima continental.

Ficha técnica:

Oporto: Vítor Baía, Paulo Ferreira, Costa, Carvalho, Valente, Costinha, (P. Mendes, min 46), Alenichev, (Jankauskas, min 46), Deco, Maniche, Carlos Alberto, McCarthy (M. Ferreira, min 69).

Deportivo: Molina, Manuel Pablo, Andrade, Naybet, Romero, Mauro Silva, Sergio, (Duscher, min 78) Víctor, (César, min 87), Valerón, Luque, (Fran, min 45), Pandiani.

Árbitro: Markus Merk (Alemania). Expulsó por roja directa al deportivista Andrade (min 84). Mostró cartulina amarilla a Carlos Alberto, Ricardo Carvalho y Marco Ferreira, por el Oporto; y a Mauro Silva, por el Deportivo

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