CONTRASTES
09 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.DESPUÉS de tantas experiencias obviando cualquier referenfia formal, la plástica actual recobra una muy peculiar realidad, desde dosis considerables de abstracción, que al fin son el obligado proceso mental de todo artista en verdad creador. Rafael Romero Masiá es un pintor joven, de penúltima generación, compostelano de nacimiento y universal de concepto, que ha decidido que su obra sea algo así como la realidad ensoñada. Partiendo de un dibujo excepcional y de un dominio del oficio casi enfermizo, en el que se recrea hasta alcanzar lo que Ortega dijo de Azorín, hacer primores de lo vulgar, claro que, orsianiamente, elevando la anécdota a categoría, viaja en torno a sí mismo, a su mundo más inmediato, y transforma en admirables y perdurables los cachivaches más comunes. Él llama a esta pintura «autorretrato» y en cierto modo, lo es, al menos espiritualmente. Todo aparece como desvaído. Cual si estuviera entrevisto, más que contemplado, aunque al fin la minuciosidad es obsesionante. Los ojos de la mente contemplan como al través de un cendal de levísima niebla, y las cosas pierden sus perfiles y parece que se oxidan; que han envejecido en su imposible inmediatez y frescura. Sobre paneles, con técnica muy compleja, que va desde los lápices de colores acuarelables hasta el óleo en barras, Romero Masiá consigue la sensación de intemporalidad más inquietante, desde una imaginaria tactilidad que casi produce escalofríos en un espectador atento. Cajas, tubos, espátulas, cuerdas, viejas fotos de familia. Todo nos invita a saber más de cada objeto, porque todo está mayusculizado en su común ser aparente. El plumaje de un ave doméstica acusa cada pelillo de su materia y casi tiembla aún su corazón que ya suponemos muerto. El desorden se transforma en orden, y toda duda queda razonada. Estamos, probablemente, ante el mejor, el más cuajado y magistral de los pintores jóvenes de Galicia que militan en el hiperrealismo más cabal, perdurable y sin fáciles trucos de evasiva y oportunista informalidad, al fin tan efímera.