«Voy a clases de arte para ver si así entiendo lo que tengo»

VIGO

La peluquera de la «Movida de Vigo» posee una pequeña colección de obras de artistas que formaron parte de esa época

10 feb 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Mara Costas le ha puesto los pelos de punta a medio Vigo cuando las crestas y los teñidos de colores rechamantes formaban parte del decorado humano de la ciudad durante sus años más creativos. En aquellos tiempos, inicios de los 80, la peluquera que aborrece el cursi término de estilista, se ganó a pulso y tijeras el título de «Peluquera de la Movida». Afortunadamente para ella, supo sobreponerse a ser una marca de moda a base de evolucionar con los tiempos, y actualmente sigue siendo una de las mejor valoradas por una clientela variada tanto en edades, sexos y orígenes (ya que como ella misma apunta, muchas de las cabelleras a las que da forma llegan desde Portugal). No está científicamente comprobado, pero puede que a Mara Costas le entrase el veneno del arte por ósmosis. A base de compartir noches y días, y tertulias y fiestas con los artistas de la Movida, poco a poco empezó a interesarse por lo que hacían y a enamorarse de sus creaciones. Así, tímidamente y sin pretensiones, hoy en día posee una modesta colección de arte basada en la amistad, algo que muy pocos coleccionistas pueden decir. A la peluquera no le importa que las obras que ha ido comprando a lo largo de los años no la conviertan en una millonaria coleccionista privada. Sus fondos artísticos son modestos, pero sentimentalmente muy valiosos, porque forman parte de su propia historia. En cuanto a los galeristas y tiendas de arte, «hay mucha gente que se ha incorporado al sector invirtiendo kilos ganados con la venta del ladrillo para poner una tienda sin tener ni idea ni una pizca de sensibilidad, por eso respeto mucho a gente como Malena Lepina». Revolución plástica Mara recuerda que entre las primeras obras que adquirió estaba un cuadro de Francisco Mantecón «en una tienda que estaba en López Mora, y creo que se llamaba Trinta». También, en su incipiente carpeta de pintura gallega contemporánea cayeron trabajos de Armando Guerra y de Barreiro, «que son más o menos de mi época. Laxeiro para mí era un clásico, aunque tampoco me alcanzaba para eso», explica. La peluquera tiene cuadros de casi todos los que formaron parte de aquella revolución plástica que el crítico Román Pereiro bautizó como Atlántica : «tengo de Menchu Lamas que me encanta, de Antón Patiño, de Din Matamoro, de Mercedes Ruibal... siempre relacionados con alguien que he conocido y que me gusta». En el jardín de su casa a las afueras de Vigo, un inmenso trébol plateado de tres hojas domina con su poderío metálico al resto de la flora. Se trata de una escultura de Lois Corbera, artista vigués que, cuando comenzaba y no tenía un taller en el que trabajar, recibió asilo en el bajo de su vivienda. «Yo le pedí que, ya que no estaba sujeto a las leyes de la naturaleza, me lo hiciera de cuatro hojas, pero no hubo manera de convencerle. Mi relación con mi 'protegido' -bromea- siempre fue un poco así. Al principio le dio por pintar manzanas y yo le decía que eran horribles. Siempre nos estábamos peleando», cuenta. El interés de Mara Costas por el arte ha ido in crescendo con el paso de los años. Su sinceridad es abrumadora a la hora de contar con gracia las razones que la mueven: «Hace tres años que estoy yendo al Marco a clases de arte contemporáneo para ver si así entiendo un poco mejor lo que tengo, si es que hay que entender algo». No le importa reconocer que es tripitidora, pero no es que sea tan mala estudiante, sino que se ha tenido que saltar muchas clases por motivos de trabajo. En la escalera del salón, una escultura de madera de Álvaro de la Vega (regalo de la escritora Marilar Aleixandre) comparte espacio con un cuadro de su sobrina Carmen, de 14 años, que apunta maneras. Sus coetáneos son sus favoritos, pero también ha ido incorporando nuevos valores a su pequeña colección. Por ejemplo, con algunos trabajos de David Morago. A ninguno de sus dos hijos le ha dado por la peluquería, así que cuando se retire, no tiene a quién pasarle el peine de oro como herencia. «Cerraré y punto», dice sin pena. A su hijo le dio por los números y a su hija, también le tira el arte, como a ella, pero sobre todo el audiovisual y para ponerse detrás de la cámara. Como el arte y el cariño tienen mucho que ver en su caso, entonces no nos podemos olvidar de Valentina, su primera nieta, de cuatro años de edad, que es la obra de arte que no se cansa de mirar.