No es ninguna panacea, aunque sí el reflejo de la ciudad soñada. Mientras cae la producción de Citroën, los pedidos de los astilleros, el consumo eléctrico, el paso de vehículos por la AP-9 y el número de usuarios de Peinador, el tráfico de cruceros se ha convertido en prácticamente el único indicador económico al alza de Vigo. Todavía no somos la Barcelona del Atlántico, pero contemplar estos colosos casi a diario en nuestra ría es un bálsamo para tanta penuria. Los trasatlánticos dan una idea de la potencialidad de la ciudad, de lo que podría ser y no es. En otro tiempo la Estación Marítima fue puerta de salida de miles de emigrantes en busca de trabajo. Hoy es una escala de miles de turistas en busca de ocio. El reto es convertirnos en su punto de partida y de llegada. Engancharnos a Buenos Aires, a Venecia....