De toda la vida de Dios las obras de caridad han existido, pero lo suyo, una vez superada la Edad Media y el vasallaje, es que existan como complemento a la labor social que deberían seguir desempeñando las administraciones públicas. De un tiempo a esta parte, la crisis está sirviendo de disculpa para endosarle el marrón a entidades e iniciativas solidarias que durante las vacas flacas brotan como si las hubieran abonado con Plantavit. Poder ayudar al prójimo (sobre todo gestionando recursos ajenos), es una actividad que suele reconfortar a quien la ejerce con altruismo. Quien cobra por ello, en cambio, ha dejado de preocuparse. Con tanta competencia, con tanto telemaratón, no hay quien pueda. La gente con necesidades, de hecho, está empezando de pasar de molestarse en ir a pedirle nada a su ayuntamiento ni a su gobierno. Paqué. Sale mucho más a cuenta llamar a uno de esos programas destinados a revolverle el estómago a la audiencia mostrando todo el catálogo de miserias posible. Una vez que el espectador ya puede sentirse todo un privilegiado (basta con tener un techo y un trabajo para darse con un canto en los dientes después de lo que te acaban de mostrar), llega la marea de apoyos y donaciones. El chico vigués que la semana pasada consiguió 13.000 euros y tres ofertas de empleo tras salir en la tele contando sus problemas es el paradigma de lo que está pasando. Está claro que el Ministerio de Economía y el Banco de España sobran. Lo que hace falta es un Ministerio de la Santísima Caridad y un Banco de Alimentos que se haga fuerte en Bruselas y cotice en bolsa. También deberían entrar en el organigrama las organizaciones religiosas que al parecer llevan sobre sus hombros el peso del aumento de la pobreza mientras en la concejalía de Bienestar Social deben de pensar que les pagamos para que organicen torneos de canasta.
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