Los hermanos Marcelino Casal heredaron de su padres, Delfín y Rosario, el oficio de panadero y la empresa que comenzó con horno de leña en el barrio que le dio nombre
02 dic 2013 . Actualizado a las 10:09 h.El Barrio del Cura que hoy se cae a pedazos esperando una solución urbanística es el origen de la trayectoria profesional y vital de Manolo, Ricardo, Luis y Fito, los hijos varones de Delfín Marcelino y Rosario Casal, porque aunque también tienen una hija, está no siguió la senda que eligieron sus hermanos.
En aquella panadería de horno de leña a la que se accedía bajando unas escaleras desde la calle Pi y Margall se criaron y se curtieron ellos, aunque todos menos el pequeño, Fito, nacieron en Mondariz, la localidad de la que es originaria la familia, porque su madre prefería dar a luz allí. Manolo, el mayor, recuerda que la panadería era como una estancia más de su casa, situada en el piso superior. «Todos los sábados ayudábamos en lo que podíamos pero cuando realmente empezamos a meternos en harina fue hace casi 30 años, cuando mi padre tuvo un accidente de coche y tuvimos que dejar de estudiar para ayudar a mi madre. No había opción. O comemos, o no comemos», resume.
El patriarca llegó de Mondariz, «tierra de panaderos y de camareros», dice, con 12 años. Un vecino se lo llevó a trabajar a Santa Rita, el obrador aún familiar que regentaba la famosa señora Paca, toda una institución en la ciudad. Ya formado se independizó y se fue con su hermano, José, ya fallecido, a la panadería Primavera, en Romil. «Después de unos años se separaron y fue cuando mis padres cogieron la del Barrio del Cura». Allí estuvieron desde 1970 al 2002, año en el que abandonaron el edifico después de negociar con Karpin su marcha. Pero ya antes, previendo el futuro, habían buscado un espacio alternativo en la calle Merlo que hoy es el corazón de la empresa. Allí trabajan cada día desde bien temprano, turnándose para librar ya que solo cierran el 25 de diciembre y el 1 de enero. De allí sale una producción de unas dos mil barras diarias además de dulces, empanadas, roscones y otros productos del sector, con los que abastecen sus otras tres tiendas, ya que no venden para otros.
Manolo recuerda aquellos años en los que se levantaban a las tres de la mañana, hacían el reparto y al acabar tenían que vaciar el camión lleno de leña para apilar en el patio. «Debía ser la edad, estábamos felices, nos daba un subidón», ríe. Ahora el oficio ya no es tan sacrificado, al menos físicamente, porque hay maquinaria que lo hace más fácil, pero aún así no lo recomienda. «Sigue siendo duro». Ni él ni los demás querrían que sus hijos siguieran sus pasos.
Pero ellos, que llevan 17 años como socios, lo llevan muy bien y les encanta su profesión. Se distribuyen las tareas para que no haya líos: Manolo, panadería; Ricardo, cocción; Luis, compras y despachos y Fito, pastelería y administración. «Hay que separar lo profesional de lo personal. Puede haber roces laborales, pero sales de aquí, te tomas una cerveza y no pasó nada».
El oficio se complicó con los años. Antes era trabajoso, pero ahora tiene otras complejidades. «En el negocio hay mucha más competencia, hoy te venden pan en todas partes a precios tirados, pero en la calidad no hay color», advierte. Por otra parte, hay que elaborar infinitas variedades. «Te lo exige el cliente y que hay que tenerlo, pero eso tienen como consecuencia que se desperdicia mucho porque es imposible calcular la demanda diaria. Y al final de año haces cuentas y pierdes un dineral», lamenta.
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