Mucho ha cambiado la calle del Príncipe en los últimos años. Desde hace algún tiempo, en vez de ir sorteando a personas que piden una ayuda, un cigarrillo o lo que sea, los vigueses se dedican a esquivar con tino a las decenas de trabajadores de oenegés que realizan sus campañas sin descanso a cualquier hora del día. Son jóvenes y seguramente mal pagados, están cumpliendo con su función laboral que además tiene un aura especialmente loable al tratar de lograr socios que a su vez aportarán fondos para tantas y tantas causas que requieren de la ayuda solidaria de todos. Van identificados por diferentes petos de colores dependiendo de la organización por la que están contratados. Llevan una carpetilla en la que guardan fotos de las tragedias de asolan el planeta. «¿Conoces los campamentos de Acnur?», pregunta una. «No, por suerte. Afortunadamente estoy más familiarizado con los de La Lanzada», le contesta un viandante con humor. Pero la chica no está para guasas. Lleva persiguiendo vigueses todo el día por la comercial vía y nadie quiere comprometerse. A veces se alían y entre tres hacen una especie de barrera ante el punto de penalti por el que es muy difícil escurrirse. Son insistentes. No tanto como las teleoperadoras de las compañías telefónicas, pero lo suficiente como para que gran parte de la población les suelte siempre las dos mismas contestaciones favoritas: «Llevo prisa» o «Ya soy socio», sabiendo que en el 99 % de los casos es mentira. No se sabe quien ha decidido que estén allí, todos juntos a la vez, pero las oenegés deberían saber que causan el efecto contrario al que buscan. O a lo mejor es que realmente funciona esa persecución. El resultado en Vigo es que la gente anda por Príncipe haciendo eses, y no porque hayan bebido. Es que tratan de sacarse de encima a agentes comerciales de la solidaridad.
Los vigueses se dedican a esquivar a comerciales de las oenegés
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