El barquito

Soledad Antón García
Soledad Antón EL MENTIDERO

VIGO

El que asó la manteca tenía más luces que los que están empeñados en hacer navegar barcos por mares de hierba. Por fin va a convertirse en verdad verdadera aquella trola que cantábamos de niños sobre liebres marinas y sardinas montunas. El gobierno de Caballero se ha empeñado en plantar al Bernardo Alfageme en la rotonda de Coia y nadie va a hacerle ya cambiar de opinión.

¿Qué importa que sea -en realidad que fuera, porque ya pasaron las huestes de Atila en forma de desbrozadora- una de las rotondas de la ciudad que menos daño produce -producía- en la retina?, ¿qué importa que los vecinos digan que ese no es sitio para fondear barcos?, ¿qué importa que las criticas arrecien de norte a sur y de este a oeste?, ¿que importa que se acordara en un pleno pararse unos minutos a pensar antes de actuar?..., y sobre todo, ¿qué importa que a menos de un kilómetro haya un Museo del Mar a pie de océano donde podría atracar el buque, se le podría pertrechar conservando la esencia de los pesqueros de principios del siglo pasado, que es cuando se construyó, y servir de clase de historia para miles de escolares y de visita obligada para miles de turistas?. Salvando las distancias, algo parecido a lo que hicieron en Baiona con la Pinta. ¿Se imaginan una carabela plantada en el monte de A Groba?

Por si no fueran razones suficientes, el traslado del Bernardo Alfageme a Coia será su muerte definitiva. La rotonda será su panteón. ¿Qué sentido tiene gastarse medio millón de euros a costa de todos los vigueses en restaurarlo para, luego, dejarlo al ventestate un día y otro día hasta que las inclemencias del tiempo pasen una factura imposible de pagar, y lo que era -es- un bien patrimonial único, se convierta en un montón de chatarra? Voy avanzando el epitafio: «Aquí yacen los restos de un monumento a la cabezonería».

soledad.anton@lavoz.es

Epitafió: «Aquí yacen los restos del monumento a la cabezonería»