La Cíes están aún en proceso de restauración

Antón lois AMIGOS DA TERRA VIGO@TIERRA.ORG

VIGO

Gustavo Rivas

Las islas fueron profundamente alteradas a lo largo de la historia

15 feb 2022 . Actualizado a las 01:26 h.

Hacía esta semana el diario The Times una alabanza sobre la playa de Figueiras, en las Cíes, y destacaba sus bosques, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿somos conscientes de que en realidad vemos el resultado de siglo y medio de destrozo ecológico? Permitan un par de puntualizaciones para que no se malinterprete una reflexión que posiblemente se considere una herejía al referirnos a nuestro presunto (el adjetivo ya apunta maneras) paraíso natural.

Acotaremos el tiempo y espacio: nos referimos a la parte emergida de las Cíes, no a su zona marítima, y al último período en el que se convirtieron en islas, hace unos 6.000 años, porque conviene recordar que las Cíes a lo largo de la historia geológica estuvieron varias veces conectadas y separadas del continente. Para empezar, muy poco de lo que hoy vemos en las Cíes podríamos considerarlo en rigor como natural. En realidad, lo que contemplamos es un espacio fuertemente alterado por la acción humana directa e indirectamente. La bucólica imagen de los «bosques que descienden de puntillas hacia el mar» que describe The Times es bonita pero falsa. Si revisan las fotos antiguas de las islas comprobarán que allí no existían bosques, y siguen sin existir. La masa arbórea que contemplamos es sobre todo una repoblación de mediados del siglo pasado con base en espacies exóticas invasoras (eucaliptos y acacias).

En su día conseguir esa repoblación, en un ambiente tan hostil para los árboles como son las Cíes, fue una proeza desde el punto de vista forestal, pero un absoluto desastre ecológico. Sin ir más lejos los riachuelos de Cíes y su flora y fauna asociada desaparecieron. Sirva de ejemplo que, salvo la salamandra en San Martiño, los anfibios se extinguieron. Durante décadas, a caballo entre los siglos XIX y XX, fueron introducidos en las islas conejos y cabras. De hecho las primeras visitas turísticas a las islas eran organizadas en los años 50 del siglo pasado por la sociedad de caza y pesca La Viguesa, ya se imaginan con que finalidad.

La caza se prohibió formalmente en las islas recientemente, en 1980 (al declararse Parque Natural) y cuenta la leyenda que en algún caso incluso desde los barcos se disparaba a las cabras. Ahora imaginen el efecto en la vegetación del ecosistema insular de todos esos conejos y cabras introducidos y sin apenas depredadores naturales, sumado al efecto de la modesta agricultura que se llegó a desarrollar también.

Más cerca en el tiempo, los gatos introducidos y los visones americanos que llegaron nadando causaron también un impacto severo a la fauna autóctona, aunque actualmente han sido erradicados (con especial atención a que el visón no regrese). El otro atractivo de las islas, la Lagoa dos nenos, tampoco tiene mucho de natural, cosa que resulta evidente viendo el dique que une Faro y Monteagudo. Esa laguna de agua salada fue un vivero para la cría de langostas con todas sus infraestructuras asociadas que se llevaron por delante, como las fábricas de salazón, el antiguo cuartel de carabineros, el almacén de artillería y la cárcel buena parte de la naturaleza isleña. Añadan el faro y su carretera de acceso que a mediados del siglo XIX arrasó la vegetación riparia del monte.

A partir de los años 60 empezó el turismo, que también necesitó de sus infraestructuras edificadas sobre las dunas, como el reconvertido restaurante Rodas y el cámping y con el consiguiente aumento de la presión humana. Actualmente, el Parque Nacional está haciendo un encomiable esfuerzo para eso, para restaurar gradualmente la auténtica naturaleza de las islas. Cuando termine ese proceso, las veremos diferentes a como son en la actualidad, pero serán, entonces sí, el verdadero paraíso natural que un día fueron.

Lo que vemos hoy, salvo la zona dunar y los acantilados de su cara oeste y los espacios en los que se retiraron especies invasoras y repoblaron con autóctonas, es todavía un espacio estéticamente bonito, pero ecológicamente degradado por la acción humana.

Restaurar la verdadera naturaleza de las islas es lo que nos debería ocupar y preocupar, antes que los reconocimientos internacionales y los patrimonios de la humanidad.