
La explosión del polvorín impactó en el ánimo de todos los ciudadanos
01 abr 2025 . Actualizado a las 01:24 h.La vieja iglesia de Santa María de Vigo, demolida en 1814, se había construido sobre el solar de una iglesia medieval anterior en 1403, según Taboada Leal, que esgrimía como argumentos unos apuntes facilitados por el «curioso anticuario Francisco Ávila y La Cueva» y el propio «rótulo que tenía gravado en sus paredes». Convertida en Colegiata en 1497 merced al obispo Juan de Beltrán, la parroquial resistió mal el paso del tiempo, en parte por la propia debilidad de su estructura, cubierta con una bóveda de madera por la que solía filtrar el agua.
A lo largo del siglo XVIII, los priores de la colegial y los diversos procuradores del concejo no cejaron en quejarse de su lamentable estado, que solo logró subsistir con reformas como la de 1788 —remozado de cantería, tejado nuevo, cerchas y ‘ripas’, carpintería de las capillas, vidrieras, etc.— al coste de 17.221 reales, altísimo para la época, que se financió con un tributo sobre el pescado. La obra no dio los resultados deseados porque ya el antiguo templo estaba muy deteriorado y en 1807, tras las quejas de algunos vecinos que «notaron una viga y parte de pared que amenaza ruina en uno de los arcos del cuerpo principal de esta Yglesia Colegiata», se tuvo que suspender el culto y trasladarlo a la capilla de la Misericordia, el viejo templo de los marineros junto a la Puerta del Sol. Y, otra vez, tuvieron que afianzar las vigas más deterioradas, lo que evitó que «se desplomasen dos de las nueve principales de techado».
Pero tampoco fue suficiente y, en febrero de 1811, Francisco Yáñez y Francisco Pasqual exponían al ayuntamiento su desconsuelo «.. por haberse desplomado la Yglesia Colegiata de hesta dicha ciudad, en donde los fieles hivan a Honrar al Señor..» y ofrecían una «prudente limosna» para su reparación, pero a cambio de sendos solares municipales en el Arenal: a Yáñez «un terreno suficiente para edificar un edificio junto a la mar, fronterizo al sitio de la Barja…», y a Pascual otro de poco más de 80 metros ?104 baras- «a orillas de la mar, baldío, fronterizo y correlativo con su casa de havitación… en el Arenal».
Pero el colapso definitivo se produjo poco después. Desde 1810, la corporación de Vázquez Varela había acordado «solegnizar por día festivo el día 28 de Marzo de cada año como el de nuestra livertad, para benerar la figura del Santísimo Christo de la Victoria», y Vigo comenzó a celebrar la fiesta de la Reconquista y la procesión del Santo Cristo con todo el boato que permitía el estado de guerra de aquellos años. Y la historia que hoy sacamos a colación ocurrió precisamente en una de esos eventos.
El 28 de marzo de 1813, año IVº de aquella celebración hace hoy 212 años, quedaría grabado indeleblemente en la memoria de los vigueses. Aquel fatídico día, los festejos programados se estaban cumpliendo puntualmente: las calles limpias, sin basuras y «aguas inmundas» ? «limpiar las calles por donde es costumbre pasar la procesión.. y que cada vecino limpie la parte de calle fronteriza a su casa bajo multa de un Ducado..»-; los ganados habitualmente callejeando a su albedrío, habían sido recogidos en sus corrales; las viviendas se habían engalanado lo mejor que se pudo en aquella época de penurias, y las lámparas de aceite dispuestas en el trayecto para encenderlas al paso de la procesión. Dada la guerra y la devastación causada por los franceses, la cosa no estaba para muchas florituras.
Precedido por un Te Deum en la Colegiata a las diez de la mañana, daba comienzo «el aniversario y misa solemne que en acción de gracias se celebró al Santísimo Christo de la Victoria por haber librado a todo el Pueblo en semejante día de la rapacidad Francesa». La parroquial estaba completamente atestada de público, una suerte porque obligó a dejar las puertas abiertas para que quienes no cabían en el interior pudiese escuchar los oficios desde fuera. Presidía la liturgia el prior José Antonio Laxe con los dos párrocos racioneros José Mª Salgado y Manuel Antonio González, acompañados del reverendo padre guardián del convento de Santa Marta. En lugar preferente, la corporación municipal: alcalde Cristóbal Mª Falcón, los concejales Abendaño, Rodríguez de Soto, Montejano, Caneda, F. Fernández, J.A. Martínez, Pequeño, Rendo y De Francisco, y los procuradores síndicos de mar y tierra De la Rúa y Piñeiro. A continuación, el comandante provincial de las armas mariscal de campo Alejandro Antonio de Ogea; el gobernador militar y oficiales del fuerte del Castro; el comandante militar de Marina y del Tercio Naval de Vigo Andrés L. de la Fuente. Finalmente, y hacia la entrada del templo, los próceres locales fomentadores, navieros y comerciantes, hasta el pueblo llano, artesanos y marineros del Berbés.
A poco de empezar el acto litúrgico, una espantosa deflagración estremeció el sagrado recinto hasta los cimientos. El viejo templo a duras penas se mantuvo en pie. El estruendo fue tal que los congregados quedaron momentáneamente sordos y conmocionados, y en cuanto pudieron reaccionar, huyeron despavoridos empujándose unos a otros, hacia unas puertas que, al estar abiertas, facilitaron la salida.
¿Qué había ocurrido? Lo narraban los procuradores poco después: «Los desastres y daños que ha causado la explosión del repuesto de pólbora, que se boló en la mañana del 28 de Marzo en el Castillo de San Sebastián, dexando inutilizada la Iglesia Colegiata, donde huvieron de ser víctimas todas las Authoridades militares y civiles no solo de ella, sino de toda la comarca, asistiendo al aniversario y misa solemne que en acción de gracias se celebró al Santísimo Christo de la Victoria». Pese a la distancia entre el castillo y el viejo templo, los resultados de la explosión fueron catastróficos: se agrietaron los muros exteriores, rompieron los cristales de las vidrieras, y se resintió buena parte de las viviendas del viejo recinto amurallado: «Las más de las paredes de las casas, teniéndose quasi por milagro no haver acahecido otras infinitas desgracias». La basílica quedó «desplomada y sin servicio» para el culto que durante muchos años mudó una vez más a la capilla de la Misericordia, a donde se llevaron también las imágenes y ornamentos. Tampoco faltaron las desgracias personales: fallecieron «del susto el caballero distinguido D. Francisco de Lira», «un artillero y su hijo», y provocó abortos «a cinco o seis mugeres embarasadas».
La explosión del polvorín impactó en el ánimo de todos los vigueses. En días siguientes no faltaron voces que recordaron a las autoridades «.. que en el castillo de la Lage ay otros dos depósitos, el uno a prueba de bomba y el otro con centenares de cartuchos de fusil con bala y de cañón, siendo de recelar que por qualquiera leve acontecimiento, siendo incendiados por algún raio, chispa, cigarro, o fuego de inmediatas casas, quede entonces toda la Ciudad arruinada y muertos sus avitantes y moradores..». Lamentaban la pasividad del ayuntamiento y de los comandantes militares.