
El éxodo rural y las enfermedades provocan que el futuro de los garranos de la sierra sea desalentador
26 ago 2019 . Actualizado a las 12:29 h.Los caballos salvajes saltan entre los tojos que se acumulan en las cumbres de A Groba. Lo hacen con la soltura de toda una vida en la sierra que, frente al Atlántico, atraviesa Baiona, Oia y O Rosal. Relinchan mientras rebuscan entre unos tojos que a estas alturas del verano ya han perdido su flor. Con su boca y su duro bigote llevan miles de años como jardineros de este paraje único del sur de Galicia.
A día de hoy corren por A Groba 1.300 caballos salvajes o, como los llaman en el lugar, garranos o burras. No son domésticos, pero pertenecen a 80 miembros de la asociación de ganaderos de A Serra da Groba. Aunque parezca paradójico, ser salvajes y tener dueño les ha salvado de desaparecer. Por lo menos hasta ahora. «Cada vez quedamos menos socios», explica el presidente de la asociación, Modesto Domínguez. El éxodo rural y el poco interés de las nuevas generaciones en el monte y en una tradición única deja a los ganaderos y a los caballos sin relevo generacional. Y lo que está claro es que «a menos donos, menos cabalos», concluye el presidente. A este problema se le une la epidemia de piroplasmosis equina que afecta a los garranos. Esta enfermedad se transmite a través de las garrapatas y destruye los glóbulos rojos provocando una anemia que puede ser mortal.
Ganaderos y miembros del Instituto de Estudos Miñoráns (IEM) denuncian que están «sós» en la defensa de los garranos. Explican que el decreto equino que promulgó la Xunta en 2012 y que reconoce a los caballos salvajes como domésticos dificulta en gran medida la conservación de la especie. Las gastos se multiplicaron desde ese año y los ejemplares estuvieron bajo mínimos hasta los últimos años. Los ganaderos deben pagar dos seguros, un microchip, una cuota de asociación y los gastos de mantenimiento por cada caballo. Lo hacen por «tradición e amor a terra», ya que no le aportan ningún beneficio. Miembros del IEM y ganaderos llevaron el recurso hasta el Tribunal Europeo el año pasado, pero aún esperan la resolución.
También denuncia que el Gobierno autónomo no ha tomado ninguna medida para combatir la enfermedad que diezma a los garranos. No existe una vacuna, pero la Xunta «non nos facilita os fármacos», por lo que se las ingenian duplicando las dosis que se utilizan con las ovejas. Lo hacen de manera simple, «dos de ovella, unha de cabalo».
Los ganaderos se encargan cada año de cuidar a los garranos para que puedan vivir sin riesgos. Solo contactan con ellos dos veces, pero los vigilan durante todo el año. Durante el invierno tratan de evitar que los caballos entren en territorios en los que no los quieren. De acuerdo al decreto promulgado en 2012, los caballos solo pueden pastar en lugares en el que los dueños se lo permitan. El problema es que en el monte no hay cercos y el territorio de A Groba está dividido entre varios propietarios y comunidades de montes. «A un cabalo salvaxe non se lle poden por cercos», explica el etnógrafo Xilberte Manso. Para evitar conflictos con los vecinos, ocho ganaderos se dedican a peinar los montes durante el invierno para espantar a los caballos de la zonas en las que no se les permite el paso.
Durante el verano llega la hora de los distintos curros. En cada uno participan hasta 400 personas, 4 por yegua, para desparasitar, marcar y poner el microchip a los caballos salvajes. Esta es la actividad que congrega más gente, pero que requiere un «gran esforzo». Si el número de personas que participan en el curro se reduce, probablemente, «muchos cabalos quedaran sen controlar nin marcar», concluye Modesto.
A día de hoy los caballo rebuznan entre la Serra da Groba, pero ganaderos y ecologistas avisan de su futuro «desalentador». Piden con urgencia que se reconozca a los garranos como especie salvaje y única. Y se proteja como tal.