Cabinas que se van y letras que se quedan


A estas horas la huelga feminista ya habrá pasado. Esperemos que con la intensidad que el desafío necesita. Porque a la vista está la voluntad que muchos tienen de dejar las cosas como estaban, que sois todas unas pesadas, siempre con el abuelo a vueltas. Los vómitos de Vox y los insultos de Casado constatan que a estos señores hay algunos pasados que les gustan más que otros. Retirar de las cunetas a las víctimas del golpe de Estado del 36, un ejército de cadáveres con el que solo compite en el mundo la Camboya de los jemeres rojos, es un revisionismo faltón que reabrirá viejas heridas. Pero a la mujer conviene enviarla de vuelta justo a la España de cuando entonces, porque somos un coñazo y unas feminazis y odiamos todo el tiempo a todos los hombres.

Anda apresurado el péndulo de la historia. Desaparecen algunos iconos del pasado y se resisten a morir otros. Entre los símbolos que ya son carne de museo, dos inevitables en el siglo XX que los millennials observarán con extrañeza oceánica: las cabinas telefónicas y las páginas amarillas. De las primeras aún queda algún vestigio por las calles, inútiles y paralizadas, tras décadas dando cobijo a grandes historias, protegiendo confesiones de amor y peticiones de auxilio. Las cabinas fueron muy importantes en nuestras vidas. Todas tenemos alguna conversación apresurada que transcurría con la angustia cierta de que el aparato se iba a tragar tu última moneda de 25 antes de tiempo. En las cabinas se han roto parejas y se ha tranquilizado a muchas madres. Mercero las descubrió como metáforas poderosas. Cuando se retire la última un mundo se irá con ellas.

Con las cabinas se van también las últimas páginas amarillas. En aquellos listines residía la historia de la ciudad. Listas enormes de nombres en orden alfabético que sospecho que hoy no superarían el filtro de una ley de protección de datos. En aquellos tomos de estructura marcial, un, dos, un, dos había mucha literatura. Apellidos extravagantes o sugerentes; búsquedas furtivas y presunciones. De alguna forma eran como cuadernos de apuntes para un libro de Saramago, todos los nombres compendiados bajo un orden rígido y divino, con el destino colocando a los pobres encima de los ricos. Habría en aquellas páginas para hacer un retrato contemporáneo, con todos los titulares de líneas muy masculinos y unas cuantas mujeres con teléfono propio en cuya entrada se aclaraba que eran viudas de.

Ellos se van pero otros objetos de nuestros pasados se quedan. El más inesperado, el cuaderno de escritura Rubio, que entrenó nuestras caligrafías infantiles y que al parecer va viento en popa sesenta años después de irrumpir en el mercado. Hay una lectura poética en esta resistencia, un desafío romántico que va ganando. Un whatsapp nunca podrá imitar la curva decaída de las letras escritas con desamor o la inclinación vibrante de unas letras desde el destino de tu vida.

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