Reapareció la princesa adolescente y lo más destacado fueron sus tacones. Sus primeros tacones, ojito. Los firma Mascaró y aunque se alejan bastante del icono, las crónicas de sociedad le conceden a los tres centímetros de alza cuadrada del modelo Lindsay en tela brillante oro champán la categoría oficial de tacón. La princesa va a cumplir 15 años y los cronistas de la corte consideran estos zapatos que calzó el día 12 un rito de paso, una evidencia de que la chiquilla avanza firme de niñaaaaa a mujeeeeerrr. Si su nombre fuese Manolo en lugar de Leonor, los escribientes lo tendrían más difícil para arrancar a una prenda tanto código evolutivo, pero la princesa es mujer y las mujeres vamos bien pertrechadas de contexto entre la cabeza y la punta de los pies. Vistos sus zapatos brillante oro champán, su falda midi azul y su suéter blanco de lana de alpaca, cuello alto y manga abullonada resultó inevitable pensar en un cuento, ese en el que la princesa pierde el zapato de cristal segundos antes de convertirse en cenicienta.

SARKOZY, HERRAMIENTA DE ESTADO

Convendría fijarse mucho más de lo que lo hacemos en los zapatos. Hay grandes historias asociadas a ellos. De los de Sarkozy se hablaba como una herramienta de Estado. Fueron tratados en las páginas de economía por ser la avanzada de un nuevo nicho de mercado de una suculencia previsible: el de los zapatos de tacón para hombre con el tacón disimulado porque en los hombres los pertrechos del contexto son más hacia el interior, como las camisetas abanderado. Si tuviésemos memoria histórica sabríamos que los zapatos de tacón explícito han sido usados tanto por hombres como por mujeres y que fueron un símbolo de clase en la corte de Luis XIV. Elizabeth Semmelhack, una canadiense que sabe mucho de estas cosas, nos aclara que la aristocracia francesa se entregó a los tacones porque «una de las mejores maneras de tener estatus social era a través de costumbres imprácticas». Era lógico que tras la revolución además de cabezas rodaran los estiletos, muy poco prácticos para tomar la Bastilla y menearse, en general.

Leonor se ha encaramado ya a tres centímetros del suelo. Cada milímetro que suba tendrá una crónica. Que será también la de su destino.

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