He perdido ya la cuenta de cuántos amigos se han implantado pelo en coronillas y azoteas que manifestaban una propensión cierta hacia el vacío. En algunos, las cabezas antes ralas lucen hoy gloriosas y leoninas y donde antes sus propietarios peleaban por enredar las vacantes con queratinas lánguidas y huidizas, hoy domestican tirabuzones y encrespamientos que los demás observamos con una sorpresa imposible de disimular. Hay que reconocer que en este asunto la ciencia ha avanzado una barbaridad. Hace un puñado de décadas, los pioneros de la implantación capilar se atrevieron con una técnica incipiente que entonces arrojaba resultados problemáticos. Estos precursores dejaban de ser calvos pero su penitencia era convertirse en una Nancy con semilleros de pelos injertados con una geometría artificial rechamante. Hoy ya es imposible distinguir a un implantado de un peludo natural. Uno de esos amigos ha sido prolijo y dicharachero en el relato detallado de un proceso que sustenta un negocio pujante. La peripecia se ha convertido en una especie de viaje de Ulises lleno de detalles asombrosos que la panda recuerda al tercer trago. Por él supimos que Turquía ya no es el destino, sino Madrid; que las implantaciones suceden en clínicas siderales y que las acometen un cirujano diestro y otro zurdo que operan en simultáneo, cada uno a un lado del cerebro; que primero se retiran pelos de la zona posterior-donante, en donde la calvicie no es posible, y al día siguiente se implantan en la superior-receptora y que por las consultas rulan historias de mujeres añosas que trasladaron los folículos de sus cabezas a montes de Venus desahabitados por el tiempo, en donde el modelo de crecimiento y la textura capilar son muy diferentes.

EN FRANCA REGRESIÓN

La moda del traslado de pelos de atrás hacia adelante está desdibujando la foto fija de los varones occidentales en la que el porcentaje de calvos está en franca regresión. Si la tendencia se generaliza, albisco el momento en el que revisaremos con nostalgia fotos de esos grandísimos calvos cuyo sex-appeal residía precisamente en sus grandiosas y desnudas azoteas. Miré estos días la de Sean Connery con ese temor. Nunca fue tan bello el escocés como cuando se despidió de su último pelo.

Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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Un buen calvo