
La inteligencia artificial ha conseguido demostrar que los elefantes se llaman por el nombre. Pero no lo hacen a través de sus originales barritos, en los que a veces pudiéramos querer escuchar sofisticadas conversaciones. Cada ejemplar es capaz de provocar retumbos singulares inaudibles para los seres humanos que se transmiten a distancias de hasta seis kilómetros y que conceden a este tipo de paquidermo, el más grande que habita la Tierra, una singularidad existencial nueva destinada a cambiar nuestra forma de relacionarnos con ellos.
Aunque por lo que hoy es Galicia no se ve un elefante en libertad desde que le complicaban la vida al Homo heildelbergensis, hace al menos cien mil años, de niñas sabíamos perfectamente cómo sonaba un elefante. Fue gracias a Tarzán de la selva, en el cuerpo de Johnny Weissmüller, en impecable blanco y negro, con todas sus incorrecciones políticas incluidas, siempre superadas por la percepción de libertad que inevitablemente proyectaba aquel hombre desnudo y su cabaña en el árbol. Las películas de Tarzán incluyen una de las grandes anécdotas del cine de aventuras. En 1934 se rodaba la segunda de las películas protagonizada por Weissmüller, reclutado para el papel después de haber ganado cinco medallas de oro olímpicas y ser uno de los mejores nadadores de los años veinte. La cinta se tituló Tarzán y su compañera e incluía un baile subacuático hermosísimo en el que Tarzán y Jane bailaban desnudos bajo el agua. La actriz Maureen O’Sullivan fue sustituida por una nadadora profesional para que esa fascinante coreografía líquida entre dos seres hermosos fuese perfecta. La secuencia se puede encontrar fácilmente por internet porque hace unos años Ted Turner la rescató y la compartió con el mundo, ya que no llegó a formar parte del corte final de la película. Es fácil imaginar qué pasó con la escena. Grupos católicos y radicales varios, conocedores de la existencia de esa secuencia, presionaron a la productora para que la retirara, con lo que varias generaciones se quedaron sin disfrutar de algunos de los minutos más hermosos del cine en blanco y negro, en los que solo una mente enferma puede encontrar algo sucio o inconveniente. Un clásico. Ahora sabemos que en aquel universo de película los elefantes se llamaban por el nombre, lo que no hace más que inyectar poesía a nuestro recuerdo.