Todas las veces que quisimos ser Diane Keaton, pasar de Hollywood y llevar corbata

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La recientemente fallecida Diane Keaton en una gala.
La recientemente fallecida Diane Keaton en una gala. Mario Anzuoni | REUTERS

Estilo propio. Ser auténtica en Hollywood no es tarea fácil. En un mundo completamente artificial, ella fue capaz de mantener su esencia dentro y fuera de las películas. Libre, excéntrica, divertida e inteligente

17 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

A Diane Keaton no la queremos por sus corbatas y sus sombreros. No la queremos por ser una magnífica actriz de comedia y una fantástica actriz dramática, que también. Ni siquiera por haberse desnudado pasados los 50, en una reivindicación del amor maduro antes del bótox. Que también. O por haber recogido un óscar con unas pintorescas polainas. La queremos porque sabemos, como público, que todo lo anterior (las corbatas, los sombreros, las películas, el cuerpo desnudo, las medias de lana) no son una pose. Que ella era así. Y lo han dejado claro, desde el sábado, quienes trabajaron con ella más de cerca. Compañeros de rodaje, directores, amigos, antiguos amantes. Al dolor por la repentina pérdida de una de las grandes se sumaba la admiración por haberse mantenido fiel a sí misma durante toda su carrera. Esto que quienes convivieron con ella conocían de primera mano, quienes durante toda nuestra vida adulta disfrutamos con sus películas ya lo intuíamos.

Si Annie Hall y Alvy no hubieran roto, podrían ser la pareja de «Misterioso asesinato en Manhattan».
Si Annie Hall y Alvy no hubieran roto, podrían ser la pareja de «Misterioso asesinato en Manhattan».

SER O NO SER ANNIE

Decía Meryl Streep que nos habíamos enamorado de Keaton en Annie Hall. Es posible que fuese una versión idealizada que Woody Allen concibió para quien fue su pareja, pero no todo podía ser simple nostalgia romántica en aquella mujer desmañada, capaz de decir «la-di-da, la-di-da, la, la» sin parecer ridícula, que escuchaba con cierta sonrisa irónica la cháchara eterna de Alvy. Quisimos ser ella porque era inteligente, divertida, contradictoria e intensa. Así imaginábamos a la propia Keaton, y así se mostró cuando recogió su óscar vestida por Armani, pero con aspecto de no haberse peinado siquiera y de haber puesto sobre su cuerpo una prenda tras otra. Qué importa si alguien con mucho sentido de la estética pero muy poco sentido común incluyó aquel modelo como uno de los peores de la historia de Hollywood. Nosotras queríamos ser Keaton porque todo parecía importarle tan poco que de todo podía reírse. Empezando, como decía su gran amiga, la directora Nancy Meyers, por ella misma. Aunque es posible que ninguna quisiera ser Kay Corleone en El Padrino. No en la primera parte, sometida, silenciada y oculta en la red de sombras que se teje en esa oscura casa de Staten Island. Pero quién no querría ser la Kay capaz de plantar a Michael en la segunda parte. En esa poderosísima escena en la que se come con patatas a Al Pacino mientras le grita que ha abortado voluntariamente porque no quiere traer otro hijo a esa familia.

Keaton interpretando a Kay Corleone. En la imagen, de «El Padrino II», capaz de romper con Michael.
Keaton interpretando a Kay Corleone. En la imagen, de «El Padrino II», capaz de romper con Michael.

ROMPER CON MICHAEL

En una saga profundamente masculina, ella representa el valor de quien es capaz de enfrentarse a un patriarcado sangriento que la aterroriza. A pesar de ese miedo, al que pone palabras en el final de la trilogía («te convertiste en mi horror»), Kay-Keaton encuentra las fuerzas para salir de ese espanto y rehacer su vida. En la vida real, aquella mujer libre que era Diane mantenía una intensísima relación con Pacino, con sus subidas y bajadas como la saga de Coppola. Cómo no iba a terminar aquello después de El Padrino III. Resulta incomprensible pensar en Diane dando un ultimátum a Pacino para casarse, teniendo en cuenta que defendió toda su vida su no al matrimonio. Años más tarde, reconoció que sí pensó en casarse con el actor, pero que nunca pasó y, menos mal, porque habría sido una pesadilla. Cuando en el 2017 el American Film Institute rindió homenaje a Keaton, Pacino subió al escenario para decirle, simplemente, que la querría para siempre.

Quizás una de las mejores explicaciones de quién era como actriz y como persona la haya dado la directora Nancy Meyers, quien aseguraba que escribir para ella la hacía mejor, porque se sentía segura en sus manos. «Sabía lo vulnerable que podía ser, lo hilarante que podía ser». Meyers añadía algo importante: que Keaton hacía exactamente lo mismo en sus películas con Woody Allen o en Reds, de Warren Beatty, «porque eso es lo que ella hacía. Profundizaba». Meyers había producido Baby, tú vales mucho, uno de los éxitos que en los ochenta protagonizó Keaton. Y la dirigió en Cuando menos te lo esperas, en la que otra vez querríamos ser ella porque quién no quiere escribir obras teatrales en un casoplón en los Hamptons mientras se pasea con sus jerséis de cuello vuelto («¿por qué siempre llevas cuello vuelto?», le pregunta Jack Nicholson. «Porque me gusta», le dice ella. Y ya está. Es imposible no imaginar a Meyers escribiendo estas líneas pensando en su amiga y su estilo y sus ganas de reírse de sí misma). Quién no querría el casoplón y el lío con el doctor Keanu Reeves, claro, porque aquí nadie se ríe de la diferencia de edad entre la mujer madura y el joven médico, que no resulta inapropiada ni ridícula… como sí lo es la pauta que marca las relaciones del personaje de Nicholson, que como si fuera un DiCaprio sexagenario, solo se relaciona con chicas de menos de 30. En realidad, todas querríamos ser como Keaton, menos cuando decide plantar a Reeves por Nicholson. Pero se lo perdonamos.

Con amigas, engañadas en «El club de las primeras esposas».
Con amigas, engañadas en «El club de las primeras esposas».

Queríamos ser Keaton en todas las comedias porque ojalá la vida fuera la de un matrimonio bien de Nueva York reconvertido en detectives de pacotilla, con Alan Alda y Anjelica Huston como ayudantes. Y porque en los noventa en una película tan ligera como El club de las primeras esposas, ella, junto con las impagables Goldie Hawn y Bette Middler, se lo pasan como queremos pasarlo nosotras con nuestras amigas cuando nos importa ya bien poco el qué dirán.

Mencionaba Meyers Rojos, la película de Warren Beatty en la que Keaton se mete en la piel de la periodista Louise Bryant, pareja de John Reed, ambos cronistas de la Revolución rusa. Qué interpretación en aquel andén donde busca a Beatty, pareja también en la vida real. «No me dejes nunca», le dice él mientras la abraza. Eso querríamos también nosotras, Warren.