Es difícil determinar por qué una película te impacta. En el caso de Los domingos la conmoción parece general, a la vista de cómo salen los espectadores de los cines y de la necesidad que tenemos de comentar qué narices pasa en los 110 minutos que necesita Alauda Ruiz para meternos semejante meneo. Sabrán ya a estas alturas que la historia la protagoniza una familia que podría ser la nuestra, una muchacha de 17 años afectivamente destemplada y su anacrónico y perturbador propósito: ingresar en un convento y ser monja de clausura.
De todas las capas que forman este hojaldre sobresale en la superficie el supuesto neocatolicismo que empapa a los jóvenes, aunque al meterle ciencia a la impresión los datos desmientan que ese proceso restaurativo sea manifiesto. De momento, los conventos siguen vacíos; los seminarios, disponibles y las iglesias requeridas por solo dos de cada diez parejas que encuentran en los templos decorados imbatibles para sus bodas, pero que optan por despreciarlos para las misas dominicales a las que obliga la doctrina.
La Iglesia española, tan huérfana de debates adultos sobre la evidente crisis de fe de una sociedad que ya no les obedece, se ha apresurado a considerar el proceso de la joven Ainara una prueba de que vuelven a estar en el universo vital de los españoles del 2025, e incluso han mandado a sus ministros a disfrutar de la película, con conclusiones tan cordiales como la del obispo Munilla, que considera a la tía de la protagonista, interpretada por la inmensísima Patricia López Arnaiz y mortificada con el camino radical que quiere emprender su sobrina, una mujer «frustrada porque está divorciada, porque su matrimonio fracasó». Y añade el pastor en su canal de YouTube: «Porque no ha sabido amar tiene envidia del amor puro que anida en el corazón de su sobrina». Y hete aquí que, gracias al obispo Munilla y a la tía Maite, he encontrado el tono justo para recordar cómo era aquella Iglesia que las niñas que sufrimos los colegios de monjas de los ochenta reconocemos muy bien. Ese deje inquisitorial, ese desprecio, nunca se olvida. Ni tampoco esas monjas como la que clava hasta la conmoción Nagore Aramburu, con su frialdad, su falta de empatía, su instinto para manipular, su olfato para acorralar al débil, al abandonado, al diferente. Qué horror.