Ellos no cambian su trabajo por nada: «Empecé pinchando a los 15, y tengo 45, siempre digo que le voy a dar con el bastón a los mandos de la mesa»
YES
Nunca dudaron de cuál era su vocación. A Bruno, DJ, y a Esperanza, peluquera, sus profesiones les apasionan. «La actitud es muy importante, debes saber transmitir buen rollo», relata el pinchadiscos
07 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.¿Qué sería de una fiesta sin música? Da igual el tipo de celebración: bodas, comuniones, festivales, sesiones vermú... Si no hay música, no hay diversión. De evitar que la gente se aburra se encarga Bruno Muñiz, más conocido como Bruno Deejay, que lleva desde los 15 años petándolo entre cabina y cabina: «El fin de semana que empecé coincidió con mi cumpleaños, en un local de Boiro llamado APTC. A partir de ese momento, ya nunca dejé de pinchar». Un camino profesional, que parecía marcado desde un primer momento por la tradición familiar. «Mis padres tienen una cafetería y en el mundo de la hostelería acabas haciendo amigos. Esa gente tenía locales de ocio nocturno y a mí me picaba el gusanillo, así que me enseñaron algunas técnicas para ir empezando», narra.
Su carrera lo ha llevado por decenas de pubs, de los que estuvo como DJ residente en varios: «Fui fijo en la discoteca Tonos, en Boiro, estuve casi tres años. Después me fui a otro pub en Noia, y ahora mismo, aunque no soy residente como tal, mi relación más estrecha la tengo con la gente de Arena Boiro». Las sesiones en las discotecas son solo una parte más en el trabajo de Bruno, a quien también le encanta animar el ambiente en las bodas. «Son mi actividad principal, llevo la discoteca móvil con dos cabinas con iluminación, sonido y demás detalles… Así se puede generar fiesta fuera y dentro del edificio donde se hace el banquete. Me gusta mucho que se celebre el baile fuera, cuando hace una buena noche de verano, es un ambiente distinto y muy chulo», opina.
Después de treinta años en la profesión las cosas han cambiado, tanto en lo técnico como en el ambiente, pero Bruno siente la misma pasión que en su debut de aquel mayo de 1995: «Lo que me da gasolina para seguir es conectar canciones y momentos con las personas, ¿sabes? Esa felicidad que se respira durante una sesión es insuperable, este es un trabajo guay». Pese al cariño que profesa hacia la profesión, según relata el DJ, hay un par de inconvenientes: «A veces te toca recorrer muchos kilómetros por carretera, y es algo que cuesta un esfuerzo... Después, hay algunos malentendidos con los promotores de los eventos, porque cuando las cosas no les salen bien, a veces te cargan a ti el muerto y no te quieren pagar, pero, como siempre hay contratos de por medio, se soluciona. Después de tanto tiempo, te curas en salud con estas cosas». El importe recibido por Bruno en cada sesión ronda los 150-200 euros, aunque este depende del tipo de evento. Sea cual sea, él siempre intenta escuchar las peticiones del público, pero hay veces en las que le es imposible: «Intento ser amable con la gente. Siempre suelen pedirme los hits del momento, aunque no peguen ni con cola. Cuando puedo los pongo, pero hay fiestas en las que no accedo. Si me llaman a un festival de tipo remember (canciones más antiguas), no puedo poner el Cavalinho».
La variedad de fiestas para las que se necesita un DJ hoy en día abre más la posibilidad de compatibilizar este trabajo con responsabilidades familiares. «Creo que es más fácil ahora que hace un tiempo. Estamos solicitados ya no solo en el ocio nocturno, también en bodas o celebraciones similares, que se pueden hacer de día, así que es más sencillo compaginar tu horario con la familia, aunque no es mi caso, yo vivo muy a gusto con mis gatos, ja, ja, ja. Pese a que yo no soy ejemplo de ello, esta tendencia se puede ver en que ahora la edad media de los DJ´s ha subido, antes era raro que pasasen de los 30 y ahora eso es algo normal», explica.
Bruno cumplió 45 años este 2025 y de momento no ve próxima su retirada: «Yo siempre digo que le voy a dar con el bastón a los botones de la mesa. A mí me gusta mucho mi trabajo, es mi vida, así que, cuando sea más mayor, quiero seguir haciendo lo mismo». Tres décadas de vocación a la fiesta dan para ver toda una evolución musical, aunque para Bruno, esta no fue necesariamente positiva: «Las canciones no son mejores que las de antes. No tengo por qué decir peores, pero sí que noto que es un estilo que hace que la gente no se mueva tanto en la pista. Los temas de trap y reguetón son más parados, entonces hay que darles una vuelta haciendo algún tipo de remix más animado».
Estos meses venideros suponen la temporada baja para él y sus compañeros, ya que no hay tantos eventos como en verano, donde el buen clima permite todo tipo de celebraciones. Una época más tranquila, que supone una oportunidad para Bruno de coger vacaciones, cosa que siempre acaba posponiendo. «A veces hago algo una escapada con el coche, pero me cuesta compaginarlos con el trabajo», concluye.
Esperanza Lago, peluquera: «Me gusta todo acerca de la peluquería»
«Las técnicas para la peluquería son como las modas, todo está inventado». Esto explica Esperanza Lago (Esteiro, 1967), que lleva más de tres décadas en la profesión. «De pequeña solo quería ser dos cosas: piloto o peluquera. Como la primera opción estaba complicada, con 13 años, nada más salir de la EGB, me fui a la peluquería del pueblo a ver cómo funcionaba. Me encantaba ver a la gente guapa y arreglada, lo que me llevó a decidirme por esta profesión», narra. Comenzó su andadura profesional a los 17 años, en una peluquería de Arzúa, pero rápidamente dio otro paso en su carrera: «Poco después me fui para Santiago, a trabajar en una academia de peluquería. La enseñanza me encantó, fue una etapa maravillosa en la que además de dejar guapa a la gente, ayudabas a otras personas a crear».
Tras 16 años allí, Esperanza cambió de trabajo y viajó hacia O Burgo, donde acabó estableciéndose. «Estuve durante otros 16 años en el salón Llombados y después abrí mi propia peluquería, donde soy la única estilista», relata. Su establecimiento, Ela Peluquería, se encuentra también en la localidad coruñesa y lleva abierta ocho años: «Mi familia fue la principal razón para que abriese mi propio negocio. Yo siempre tuve muy buena experiencia en mis anteriores trabajos, pero mis allegados me convencieron para abrir un espacio propio en el que poder desarrollarme». Su buen hacer en sus anteriores puestos hizo que, al abrir su establecimiento, no le faltasen clientes desde un principio. «Tuve mucha suerte, no me hizo falta usar ningún tipo de publicidad ni nada. Después de tantos años trabajando, el boca a boca fue suficiente y, por fortuna, mucha de la gente a la que le cortaba el pelo en Llombados me siguió», cuenta. Esta fidelidad se explica por dos factores principales. El primero su gran dedicación y el afán por conocer todas las nuevas tendencias: «Suelo hacer tres viajes al año para hacer cursos en ciudades como Madrid, Barcelona o Gijón, en los que asisto a cursos sobre avances de temporada, estilos, novedades...». El segundo, es la estrecha relación que mantiene con su clientela, con la que siempre intenta tener un trato muy cercano con la mayor confianza posible: «Intento mimar a todo el mundo, pero hay veces que el corte puede salir mal. En estos casos, prefiero que me lo digan y buscar una solución que les venga bien. Es duro ver cómo una persona a la que llevas atendiendo mucho tiempo deja de venir y no te da ninguna explicación».
Este tipo de detalles y el elevado coste de mantener tu propio negocio a flote son los pocos inconvenientes que le encuentra a una profesión de la que, por lo demás, está enamorada. «Me encanta todo sobre mi oficio, no hay nada que no me guste directamente», agrega.