El final de la empatía

YES

24 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Pueden parecer pocos, pero los trece años transcurridos entre la tragedia de Angrois y la de Adamuz son una eternidad. Seguro que lo está siendo para las víctimas del accidente en Santiago, quienes a estas horas reviven aquellas tan amargas. Solo ellos saben lo que les espera a los supervivientes y a los familiares, las heridas físicas y emocionales y la crudeza del sistema que, tras el consuelo institucional del día de autos, tiende a considerar a las víctimas un problema. Los trece años son una eternidad también porque el mundo del año 13 es muy distinto al de este 26. Existe un universo paralelo que entonces asomaba la pata pero que ahora construye la realidad y permite que individuos como Trump dirijan el mundo. Son las redes sociales y todo el ecosistema de mentiras y relatos falsos de los que se alimenta media humanidad, incluidos los más jóvenes, y que en un drama como este chapotea con la delicadeza de un hipopótamo.

De Angrois es inevitable recordar la corriente de empatía que las víctimas recibieron de los ciudadanos y la normalidad con la que digerimos que algo así provoca un impacto que es elástico. Además de las personas afectadas de forma directa, se desató un calambrazo colectivo que nos llevó a cada uno de nosotros a pensar en nuestra propia existencia y en su fragilidad. En Angrois, por su proximidad, todos en Galicia establecimos una relación directa con la tragedia, porque conocíamos a alguien que iba en el tren, porque teníamos que haberlo cogido y no lo hicimos, porque entrevistamos a las víctimas, porque cada día que bordeabas Santiago en tren, durante mucho tiempo, en la curva estaban las cicatrices.

Toda esa onda expansiva en función de la cual entre los muertos y el último habitante de Galicia existían unos grados de separación que nos vinculaban en un duelo común es hoy un revoltijo de mal rollo en el que unos critican a otros por exhibicionistas o por carroñeros o por mentirosos o por oportunistas o por redichos o por algo. Da igual el qué. Asombra la cólera, el cabreo, la agarrada digital constante incluso con 43 muertos encima de la mesa, lo que indica que las cosas están fatal y que todos las contrariedades comunes con las que a partir de ahora nos encontremos están abocadas a ser fuente de confrontación visceral. Un horror.