¿Qué ángel eras?

YES

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Han vuelto a posar unas cuantas décadas después y con la excusa hemos vuelto al archivo para comparar con la nostalgia cómo era la serie original de Los ángeles de Charlie. Los no boomers asociarán el título con las películas posteriores, pero los primeros ángeles fueron Kelly, Jill y Sabrina y a partir de la segunda temporada Kris, interpretada por Cheryl Ladd y hermana en la ficción de Jill, la despampanante Farrah Fawcett, que, al concluir el primer lote de capítulos y con la serie convertida en fenómeno mundial, abandonó la producción y se embarcó en un largo proceso judicial con Aaron Spelling del que salió ganando.

Esa revisión casi medio siglo después (la serie se estrenó en España en 1978) y, tras haber consumido en este tiempo millones de horas de series y de películas, entrega una historia que mantiene buena parte de su magia, incluso tras pasar por el guion el algodón de los tiempos. Es lógico que ese protagonista al que nunca vemos, esa cabecera con esa sintonía, ese technicolor vibrante y sobre todo esas hermosas mujeres entraran en tromba en las casas de las niñas y adolescentes del 78, que enseguida quisimos ser alguno de los ángeles. En las vinculaciones de cada una era inevitable recurrir a los paralelismos físicos de manera que era harto improbable que una bruna de Ourense representase a la elástica Jill y, sobre todo, a su hipnótico flequillo dorado.

Desde aquí, con la ficción televisiva en el Precámbrico, aquel despliegue apabullante de alegría visual y ligereza significaba mucho más que entretenimiento. Sin Los ángeles de Charlie no hubiesen sido posibles productos posteriores que también aportaron cosas a nuestro universo femenino contemporáneo, desde Sexo en Nueva York a Mujeres desesperadas. Pero es que la revisión de la serie arroja otra conclusión, ahora que rechinan como nunca los vínculos culturales con los Usamérica de Trump, y tiene que ver con lo eficaces que entonces y durante décadas fueron estos yanquis para proyectar en todo el mundo su manera de entender la sociedad y que quedaba de manifiesto en el empeño que una morena de Ourense ponía en ser como Sabrina, porque jamás podría tener el hipnótico flequillo de Jill.