En la larga lista de adicciones que ha traído la tecnología, todos turulatos con las pantallas, el enganche al WhatsApp es al que menos importancia le estamos dando, cuando la vida de casi todas transcurre ya con una línea paralela de información escrita en esta aplicación y que le da a nuestra actualidad el aspecto de una retransmisión televisiva en la que la imagen la completa un printer inferior sin el cual la cosa se queda como deslavazada.
Hay quien empieza a presumir de haber abandonado WhatsApp como quien reclama nuestra admiración por haber dejado el tabaco, los toros o el lomo bajo y que, tras confesar su hazaña, detalla las consecuencias de semejante proeza, con cientos de personas indignadas por el silencio, intrigadas por la ausencia o determinadas a considerar un problema técnico una baja de semejante alcance.
En cada biografía habita ya una peripecia vinculada con esta herramienta, con grandes clásicos a pesar de su corta vida. Ahí están los grupos de padres y madres del colegio; los de despedidas y encuentros; los de amigos de la infancia; los familiares con todas sus derivadas de hermanos, primos, primos lejanos o cuñados; los de los escritores frustrados que han encontrado un público cautivo; los que suben la audiencia de sus columnas metiéndoselas sin permiso a todos sus contactos; los de trabajo fuera del trabajo y, en general, los grupos en los que ahora mismo, en tiempo real, están pasando más cosas que en toda la historia de la literatura universal. Existen auténticos abusones de los grupos, gente obsesionada con juntar a gente a la que tortura sin piedad y que juegan con nuestra cobardía, esa que nos impide abandonarlos porque la herramienta es tan pillina que deja constancia de la huida y por ahí no paso.
La vida de los grupos transcurre en la intimidad digital de la cuadrilla pero a veces las paredes virtuales se rompen y la cháchara nos llega a todos los demás. También hay aquí grandes clásicos, desde el «Luis, sé fuerte», síntesis del maravilloso «Luis. Lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo» (escrito, es verdad, en SMS, pero que para la ocasión nos vale); la declinación del anterior, «Luis, hacemos lo que podemos» o el reciente y muy pringoso «si lo consigues me dejo violar por ti», que escribieron los deditos de Koldo García.
El último éxito editorial del universo WhatsApp es el de la expulsión del ultraderechista Ortega Smith del grupo que compartían los dirigentes de Vox, con ese «en contra» con el que el político respondió a la votación de su expulsión. La vida ya es eso que pasa mientras escribimos en WhatsApp.