Año 2014. La meteoróloga francesa Evelyne Dheliat tira de oficio e intuición para que su audiencia entienda las consecuencias de la subida progresiva de las temperaturas. Recurre a un procedimiento propio de la ciencia ficción, muy eficaz para excitar la mente del interlocutor: imaginar cómo será el futuro recurriendo a modelos matemáticos y de análisis del pasado. Con esa estrategia entre manos, les presenta a los espectadores un mapa de Francia. Sobreimpresionada, la fecha del año 2050, momento en el que la comunicadora pronosticaba que se alcanzarían los 43 grados en algunas zonas del país.
El vaticinio pretendía sensibilizar a los franceses sobre el cambio climático… y el vaticinio se cumplió. Pero en el año 2022.
El inquietante fallo temporal de Dheliat ha vuelto a la actualidad estos días mientras Francia, España, Inglaterra se asan. Para este fin de semana se esperan infiernos semejantes a los pasados, con cientos de muertos encima de la mesa y un ambiente atosigante inaudito en estas tierras del norte.
El desafío es apabullante, y el tiempo, escaso. Hace unos días, en el congreso mundial de arquitectura se indicó que ya no hay que construir para un clima europeo sino para uno magrebí y que las ciudades y sus habitantes van a sufrir como perros.
Las evidencias son flagrantes y demoledoras, con un consenso científico apabullante que además atribuye al ser humano la responsabilidad del horno ambiental en el que vivimos. Nunca ha habido tanta facilidad para acceder a información ni tanta ciencia dedicada a este asunto. Y nunca se ha hablado tan poco y se ha despreciado tanto el cambio climático.
El momento histórico es tan desconcertante que ni un termómetro a 44 grados Celsius donde antes se pasaba el verano con rebeca disuade a quienes han decidido que las vacunas matan y las estelas de los aviones son rastros químicos de fumigaciones masivas para enfermarnos de covid y cambiar el clima. Partidos que aspiran a gobernar anuncian que derogarán ipso facto la ley de cambio climático y los mismos ciudadanos que sufren las altas temperaturas en silencio aceptan con una docilidad inquietante esta caminata imparable hacia el abismo.
Por eso quizás sea hora de cambiar de estrategia y abrir en los telediarios y en los periódicos una sección que se llame 2050 en la que se anticipe lo que se nos viene por delante. Como le pasó a Dheliat, apuesto a que las profecías no solo resistirían el paso del tiempo sino que lo anticiparían. Y que la ciencia ficción pasará a ser solo ciencia.