Con quién dejamos a nuestros niños

FERNANDA TABARÉS DIRECTORA DE VOZ AUDIOVISUAL

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Los niños no se engancharon solos al móvil.
Los niños no se engancharon solos al móvil.

A estas alturas de la semana, nuestros niños habrán sido ya despellejados por quienes los considera indolentes, malcriados, impacientes, incultos, abúlicos, comodones, con la comprensión lectora de un jabalí y la pericia matemática de un topogrillo. Convivimos con esa percepción desde hace un tiempo, pero la cirugía estadística de PISA, convertida en palabra del dios de la productividad desde hace unos años, los ha acabado de sentenciar.

Pero a quienes escupimos adjetivos al tuntún desde el altar de la santa EGB y el entrenamiento en columpios de hierro oxidado, a quienes vamos por la vida sin disimular la soberbia generacional de los boomers, nos tendrían que recordar un pequeño detalle: esos chavales chatarra no han sido alumbrados por esporas ni fueron depositados en la Tierra por un enviado del planeta Raticulín; esos seres en decadencia son nuestros hijos y sus hábitos los cultivaron en casa.

Fuimos nosotros quienes les entregamos un móvil para ventilar las chuletillas de cordero tranquilos, quienes los convertimos en una especie en extinción con sobreatención patológica, quienes les aplicamos agendas laborales de ejecutivo y quienes muchas veces los desatendimos para estirar nuestras legendarias y generacionales ansias de pasarlo pipa.

Esta generación de criaturas fusiladas por PISA han sido, en realidad, cobayas de experimentación de la herramienta más poderosa de la historia, como si en el 45 hubiesen puesto a un chaval de 15 a manipular a Little Boy antes de que su vientre atómico de uranio 235 exterminara 80.000 japoneses en un segundo.

Hace tres telexornais, los colegios más chachis de la ciudad introducían a los niños en el conocimiento a través de las pantallas, que enseguida llegaron a todos los demás con la velocidad de crucero de quien tiene detrás a los mejores comerciales del mundo. Nuestros niños crecieron mientras crecía la tecnología más subversiva de la historia de la humanidad y fueron ellos quienes la probaron con sus deditos rechonchos y su plasticidad cerebral. Los teléfonos móviles y las tabletas ejercieron de maestros, de amigos, de cuidadores, de padres, de fotógrafos, de profesores de baile, de maestros de cocina, de programadores de cine y de instructores sexuales precoces. Y fuimos nosotros quienes se los presentamos. Si lo único que tienen hoy es un problema de comprensión lectora, bastante bien han salido del desafío.