El sacerdote Rodríguez Patiño aprovecha la polémica sobre su control de alcoholemia para denunciar la situación de los curas rurales A eso de las nueve de la mañana de ayer, el maltrecho Skoda del párroco de Xestoso y Cambás circulaba como una bala por las carreteras heladas de Paderne. Luis Ángel Rodríguez Patiño pisaba el acelerador para llegar puntual a su primera cita eucarística, en Santaballa. Con las ruedas sin apenas presión y muy gastadas -el presupuesto no da para mucho-, atravesó las estrechas corredoiras de Monfero como un piloto de rally sin escudería. Con este mismo coche, hace dos años, le sucedió la anécdota del control de alcoholemia, después de celebrar siete misas con sus respectivos «chupitos», como él llama al vino de la eucaristía. Ahora está agobiado por la repercusión de la noticia. «Lo aguanto si sirve para denunciar la situación de los curas rurales», dice.
PABLO GONZÁLEZ