La revista Wired le preguntó a Anne Neuberger (METER ENLACE) qué le quitaba el sueño. Y respondió que había dos nuevas amenazas que le preocupaban. Por un lado, los enjambres de drones. «Fabricarlos es barato; defenderse de ellos, muy caro». Y, por el otro, la facilidad con la que se pueden hackear los satélites comerciales de órbitas bajas, que Elon Musk y otros empresarios están lanzando por millares. Muchos de sus componentes funcionan con software libre. Los piratas informáticos podrían alterar sus órbitas y estrellarlos contra otros satélites o incluso contra la Estación Espacial Internacional. O enviarles órdenes falsas para confundir a tropas sobre el terreno, para atacar infraestructuras o para sabotear cosechas (por ejemplo, dando instrucciones para fumigar en un momento inadecuado). O, sencillamente, apagarlos.
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William Akoto, experto de la Universidad de Denver, explica: «Múltiples fabricantes están involucrados en la construcción de estos satélites. Llevarlos al espacio también es ... complicado y participan numerosas empresas. Y los propietarios suelen subcontratar su gestión diaria a otras compañías. Con cada proveedor adicional, las vulnerabilidades aumentan». Y asegura que sabotear un satélite «puede ser tan sencillo como esperar a que pase por encima de una antena de fabricación casera». China e Irán lo llevan intentando desde 2018. Existen antecedentes con satélites geoestacionarios: en 1998, los hackers frieron las baterías de un satélite alemán. Quedó inutilizado. En 1999, piratas informáticos secuestraron un satélite británico y pidieron un rescate. Y, en 2008, China tomó el control de dos satélites de la NASA, aunque solo durante unos pocos minutos.
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