Patente de corso

Hombres que fuman un cigarrillo

Viernes, 5 de septiembre 2025, 09:59

Hace exactamente cincuenta años, en el Sáhara todavía español y en vísperas de la Marcha Verde, un muy querido amigo mío, el comandante Fernando Labajos, pidió voluntarios para una incursión nocturna y peligrosa al otro lado de la frontera. Era un asunto delicado; y si salía mal, las consecuencias, tanto por parte española como marroquí, serían graves para los implicados: nadie los respaldaría en caso de muerte o captura. Para mi asombro, hubo más manos alzadas de las necesarias, y todo se llevó a cabo felizmente, en una noche sin luna. Pensé en eso el otro día, recordando un episodio de la Segunda Guerra Mundial simbolizado en una foto de un hombre vencido que fuma un cigarrillo. Y pensé una vez más que, por asombroso que parezca, nunca faltan manos alzadas cuando se propone una aparente locura. Que desde que el ser humano tiene memoria siempre hay hombres, y también mujeres, dispuestos a meterse en el vientre de un caballo de madera, acudir al Blocao de la Muerte –«Voluntarios para morir», fue la orden– o cruzar una frontera en una noche sin luna.

Pensé una vez más que, por asombroso que parezca, nunca faltan manos alzadas cuando se propone una aparente locura

La foto que me hizo recordar eso tiene que ver con la incursión que 960 comandos y marinos británicos –que siempre fueron unos admirables hijos ... de puta en esa clase de cosas– llevaron a cabo en Saint-Nazaire en 1942 para destruir el único dique donde podía ser reparado el acorazado alemán Tirpitz. Era una misión suicida, sin esperanza de retorno, y consistía en empotrar un barco cargado con cuatro toneladas de explosivos, el Campbelltown, en la compuerta del dique; y mientras éste reventaba unas horas después, destruir cuanto pudieran en el puerto antes de rendirse. Y así lo hicieron. Navegaron por el estuario del Loira bajo bandera alemana, izaron la británica un momento antes del ataque para cumplir con las leyes de la guerra, embistieron a toda máquina el dique bajo un diluvio de fuego y metralla, y una vez hecho eso los comandos y marinos saltaron a tierra y se dispersaron por los muelles destruyendo instalaciones, volando depósitos, matando cuanto podían y dejando un reguero propio de muertos y heridos. Después, tras hacer cuanto daño pudieron al enemigo, los supervivientes que no pudieron escapar –la mayoría, sabían todos desde el principio– levantaron los brazos y se rindieron.

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Sobre la firma

Arturo Pérez-Reverte

Articulista de Opinión

Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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