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Mi hermosa lavandería

Terrones de azúcar falsos

Isabel Coixet

Isabel Coixet

Cuando el Muro de Berlín cortó Alemania en dos en 1961, el Ministerio para la Seguridad del Estado de la Alemania del Este puso en marcha la Stasi, un sistema de vigilancia masiva de sus ciudadanos que, aunque tiene precedentes en muchos momentos de la historia de Europa, nunca llegó a los niveles de locura y absurdo que se vivieron en la República Democrática Alemana. La Stasi tenía como objetivo sofocar y aplastar cualquier tipo de disidencia, pero en ese fútil intento creó un sistema de miedo, desconfianza y delación que transformó la convivencia en un infierno: se rompieron amistades, familias, relaciones amorosas. El fingimiento de adhesión al régimen se instaló hasta en la vida privada: nunca se sabía quién podía estar escuchando. La gente tenía conversaciones jugando al ping pong para que el ruido de la pelota impidiera la grabación de las conversaciones, aunque en algunos árboles también se ocultaban cámaras.

Nunca un sistema de vigilancia masiva de ciudadanos llegó a los niveles de locura y absurdo de la República Democrática Alemana

Nada era demasiado trivial para el escrutinio de la Stasi. Una instalación en Berlín se dedicaba exclusivamente a abrir y leer varios miles de cartas ... privadas al día. Tenían un dispositivo especial para abrir los sobres con vapor y cerrarlos para que nadie sospechara de que habían sido abiertos. Otra instalación estaba llena de ingenieros que ideaban dispositivos de vigilancia diabólicamente miniaturizados: cámaras estenopeicas que podían esconderse detrás de un ojal; micrófonos del tamaño de un guisante insertados en plumas estilográficas; patas de mesa o terrones de azúcar falsos. Para espiar una residencia privada, un agente podía instalarse en el apartamento de al lado, perforar un agujero en la pared e introducir un tubo flexible con un ocular en un extremo en forma de 'V' y una lente en el otro. Para tomar fotografías de vigilancia por la noche, el agente podía activar una serie de destellos infrarrojos, ocultos dentro de la puerta de un automóvil, cuando el objetivo pasaba cerca. Los informes que confeccionaron los espías de la Stasi en los 40 años de la RDA suman unos increíbles 111 kilómetros de archivos. En ellos se pueden encontrar incontables documentos de una banalidad aplastante: listas de la compra, transcripciones de conversaciones entre abuelas y nietos de tres años, recibos de cuentas de tiendas de sombreros, fotografías de perros, manuales para disfraces de espías… Se calcula que en su apogeo la Stasi empleó en diferentes categorías a 300.000 personas, lo que daba un cómputo de un espía por cada 50 habitantes.

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