Revuelta de los comuneros

1520-1521

La primera revolución antes que la francesa

Fotos: Album y Getty Images

Carlos V, un rey extranjero que reparte prebendas entre su camarilla e impone impuestos abusivos, enciende la cólera del pueblo. Lorenzo Silva, autor de la novela ‘Castellano’, sobre la revuelta de los comuneros, nos da las claves de la que para muchos fue la primera revolución moderna.

Por Lorenzo Silva

Jueves, 2 de diciembre 2021, 12:25

Hace quinientos años, bajo una lluvia que embarraba el campo, un contingente de varios miles de peones de infantería se acogía en desorden al caserío de Villalar. Su retaguardia la protegían cuatro centenares de jinetes mientras un puñado de artilleros emplazaban como podían las pesadas piezas con que contaban. Tras ellos, más de dos mil lanceros a las órdenes de la gran nobleza del reino, puesta al servicio del emperador Carlos V, cabalgaban con el apoyo de algunas piezas de artillería ligera y la convicción de la victoria. A su carga, repartida en dos alas, tan solo plantaron cara unos pocos comuneros a caballo, a los que se impusieron sin dificultad. Aquello apenas fue una batalla, se pareció más a una cacería. A la luz del atardecer del 23 de abril de 1521 se extinguía así el suelo de orgullo y libertad que había movido la revuelta de las Comunidades de Castilla contra los abusos de aquel joven príncipe flamenco que se había hecho proclamar rey sin que muriera su madre, la reina Juana. El mismo que, tras comprar a los príncipes electores alemanes, se acababa de adjudicar el Sacro Imperio Romano Germánico.

La historia había empezado poco más de un año antes, cuando Carlos V reunió en Santiago de Compostela unas Cortes en las que pretendía la ... aprobación de un servicio, un gravoso impuesto directo para hacer frente a las deudas contraídas con el objeto de hacerse elegir emperador y financiar su campaña para convertirse en señor de Europa. Emulaba así a Carlomagno y a Julio César, el modelo que le dieron sus preceptores. La voracidad recaudatoria del rey, en perjuicio de una población esquilmada y un reino celoso de no servir a otros, fue la gota que colmó el vaso: ya antes había recibido con irritación que la camarilla flamenca del monarca se repartiera prebendas y cargos y los vendiera al mejor postor.

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