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Renacimiento

Viernes, 2 de enero 2026, 09:46

Alberto Garín nos ofrece en su más reciente libro, Renacimiento. El arte que conquistó el mundo (Harper Collins), una tesis muy sugestiva y novedosa. El Renacimiento, a juicio del autor, no habría sido un movimiento intelectual que subvierte la cosmovisión medieval, sino una moda artística especialmente exitosa que, tras triunfar en Florencia, se convertiría –después de que los Papas la hiciesen suya– en el arte católico por excelencia y, a la vez, en el arte más rechazado por la Reforma protestante. Además, Garín, puesto a buscar el modelo del príncipe renacentista por excelencia, no lo encuentra en Julio II, ni en Alejandro Farnesio, ni en Lorenzo de Médici, ni tampoco en el rey Francisco I de Francia, ni siquiera en el emperador Carlos V, sino en… Felipe II.

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Garín se revuelve contra el tópico que pretende presentar el Renacimiento como un movimiento rupturista respecto a la tradición medieval. Considera que las élites florentinas ... decidieron, allá por el siglo XV, recuperar el lenguaje estético de la vieja Roma como una marca distintiva de la superioridad de su pueblo frente a los bárbaros del Norte, encarnados en las tropas imperiales. Y ese Renacimiento nutrió las principales manifestaciones artísticas de su tiempo, que en su mayoría estaban ligadas a la fe y espiritualidad cristiana. Los artistas renacentistas eran cristianos que hacían manifestación pública de su fe a través de su arte; y los príncipes que les encargaban obras, aunque también adquirían algunas de asunto mitológico que homenajeaban la Antigüedad clásica, deseaban sobre todo proveer sus capillas y honrar sus devociones. Para Garín, el arte renacentista es un arte constitutivamente cristiano que, tras la reforma protestante, se vuelve arte católico con una raíz clásica inequívoca. También se enfrenta Garín en su penetrante ensayo a la caracterización del humanismo renacentista como una escuela filosófica que se aleja de la visión teocéntrica medieval, para poner al hombre como centro del universo, metiendo en el mismo saco a un Pico della Mirandola, que defendió un antropocentrismo (del cual posteriormente se retractó), con los retóricos que traducían a los clásicos o los eruditos que trataban de concordar las obras filosóficas griegas con la teología católica. Una corriente de pensamiento humanista que, como Garín se encarga de resaltar, contrasta con la corriente de los reformadores al estilo de Lutero o Calvino, mucho más estrictos y dogmáticos.

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Escritor y premio Planeta en 1997

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