Temiendo ser derrocado por uno de sus hijos, el dios Saturno los devoraba conforme nacían. Así lo explicaba la mitología romana, que convertía el canibalismo filial en el símbolo último del poder llevado al extremo: el miedo del padre que aniquila a su propia descendencia para perpetuar su autoridad. Durante siglos, la idea de devorar a las crías ha quedado asociada a la locura, la crueldad o la degeneración moral. Sin embargo, fuera del mito, la naturaleza cuenta otra historia.
El canibalismo infantil —el consumo de crías o individuos juveniles de la misma especie— está ampliamente extendido en el mundo animal. Y de las más de 1500 especies donde se ha documentado, lo habitual es que se trate de padres que devoran a sus crías. Desde peces como el gobio de arena —un diminuto animal que habita en los fondos marinos— hasta insectos como el ciervo volante —el escarabajo más grande de Europa— se comen a su descendencia. También existen registros en mamíferos cercanos al ser humano, incluidos perros y gatos.
Las causas son diversas, explica Aneesh Bose, ecólogo del comportamiento de la Universidad de Ciencias Agrícolas en Uppsala, en Suecia, que lleva años documentando este proceso. Unas veces obedece a la escasez de recursos; otras, a mecanismos de selección natural o a estrategias reproductivas que maximizan la supervivencia futura. Por ejemplo, en algunas especies de peces, son los machos quienes se encargan de custodiar los huevos durante días, ventilándolos y defendiéndolos de depredadores. Pero si detectan que parte de la puesta no ha sido fecundada o que las condiciones del entorno empeoran pueden devorarlos total o parcialmente. Al hacerlo, no solo eliminan una descendencia con escasas probabilidades de sobrevivir: también recuperan energía y se preparan para una nueva reproducción con mayores opciones de éxito.
Los animales de reproducción lenta, como elefantes, que suelen criar a una sola cría durante largos periodos, son los menos propensos al canibalismo filial: la pérdida de su descendencia supondría un coste biológico difícilmente recuperable.
En el extremo opuesto se sitúan las especies de reproducción rápida y camadas numerosas. En esos casos, el canibalismo filial funciona como un mecanismo de ajuste. El consumo de la descendencia suele ser parcial y selectivo: se eliminan solo algunas crías, los huevos inviables o los individuos más débiles.
En ese contexto, el canibalismo filial no es una excepción monstruosa, explica Bose, sino una de las expresiones más extremas de un fenómeno de supervivencia de la especie: la disposición a sacrificar a otros cuando la inversión reproductiva o el entorno así lo dictan.
Sobre la firma
Madrid (1989). Licenciado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid y productor de televisión, radio y espectáculos. Desde 2015 ha colaborado en la sección Innova+ de los regionales de Vocento y ha trabajado en la sección de Antropía. Actualmente escribe en la sección de contenidos web de Actualidad.
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