Escritor y Premio Nacional de las Letras
Escritor y Premio Nacional de las Letras
Este gran conversador ha trabajado en talleres, tablaos y aulas. Hasta que la literatura venció a todo lo demás. Ahora publica 'Coloquio de invierno', donde se adivinan sus sueños (a menudo rotos) y sus realistas ideas sobre el amor. Con enorme generosidad habla de eso y de socialismo, de Trump y de sus miedos y tentaciones.
Destila tranquilidad este hombre afable. Y, sin embargo, es protagonista de muchas vidas no exentas de aventura: ha sido mecánico de coches, guitarrista flamenco profesional, ... profesor en la Universidad de Yale... La literatura venció al resto de las atracciones. Primero fue poeta, escribe desde los 15 años. A los 41 debutó como novelista con Juegos de la edad tardía... y ganó el Premio Nacional de Narrativa. También tiene el Premio Nacional de las Letras Españolas, entre otros galardones. Ha preferido el prestigio al dinero, lo explica en esta entrevista. Su última novela, Coloquio de invierno (Tusquets), ronda por los sueños incumplidos en la vida, el fracaso, el amor... asuntos muy landerianos.
XLSemanal. Revolotea el asunto del amor, pero se dice que el ideal es mejor que el real.
Luis Landero. Aparece el amor como algo ideal, como dicen los boleros que es el amor.
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XL. ¿Y no es así?
L.L. Es como dicen los boleros en los inicios; luego deriva hacia la monotonía, incluso hacia la feliz monotonía, donde aparece otro tipo de relación, pero ya no encaja con el romanticismo de los boleros ni de los folletines. ¿Te imaginas a Romeo y Julieta 15 años casados, ella haciendo labor y él jugando con el gato? ¿No sería un poco ridícula la estampa de grandes enamorados que han caído en la rutina? En el amor hay más Dulcineas que Aldonzas. Es una experiencia fundamental y maravillosa, pero tiene mucho de ilusión, de espejismo.
XL. Lleva toda la vida con su mujer.
L.L. Sí, 55 años. Es una buena relación. Pero estoy de acuerdo con Schopenhauer cuando dice que el amor está hecho de músicas, de apariciones, de raptos, pero es porque la naturaleza se encarga de que las cosas sean así para poder perpetuar la especie. En mi juventud, todos nos enamorábamos y bailábamos a media luz las canciones de la época, que vienen a ser todas iguales, canciones de amor. No hay canción que no trate de amor, es una verdadera peste, el amor aparece en todas partes.
XL. ¿Ah, sí?
L.L. Parece que estoy hablando despectivamente del amor, y no es eso: es maravilloso, pero no deja de ser un espejismo que luego deriva hacia otro tipo de amor más calmado, que puede ser incluso mejor que el otro.
XL. Varios personajes masculinos de esta novela parece que caen en una horrible trampa cuando se emparejan.
L.L. A veces el argumento de la vida es enamorarte, la pasión, el fuego... Y luego te casas y viene la monotonía en el trabajo y en casa. Se te echan encima los años y resulta que los sueños normalmente no se cumplen, y llegas a los 40 y aparecen los fantasmas del fracaso y la decepción.
XL. Pero eso no le ha pasado a usted. Quería ser escritor y lo es, de éxito además.
L.L. Aparentemente he triunfado. Por lo menos he cumplido gran parte de mis sueños. Pero en el día a día nunca llego a escribir lo que realmente yo quisiera escribir. Tengo el sueño de escribir una novela de la perfección, uno de esos libros memorables para todos. Es una ilusión, un trampantojo. Les pasa a muchos escritores: cuando comienzas una novela, sabes que no vas a conseguir expresar lo inefable, alcanzar lo inalcanzable, como decía Faulkner, porque esas tremendas ambiciones estéticas y literarias no se llegan a alcanzar.
XL. ¿No ha tocado el cielo con ninguna de sus novelas?
L.L. Estoy contento con mis novelas. En todas he dado lo mejor de mí, me he peleado con cada frase, he hecho las cosas lo mejor que he sabido. Estoy más o menos contento, con unas más, con otras menos.
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XL. Su etapa flamenca está muy presente en sus libros. ¿Añora su vida de guitarrista?
L.L. Conocí a gente increíble por ahí, viajé, viví aventuras. Pero lo que añoro es tocar un instrumento musical. Eso sí lo echo de menos, es como una vida no realizada.
XL. Pero si ha sido profesional.
L.L. Sí y buen guitarrista, y eso que empecé a tocar a los 16 años, lo cual es una barbaridad: a los 16 años un guitarrista tiene que estar ya hecho.
XL. Tenía 16 años cuando murió su padre.
L.L. Sí, un primo mío vino a Madrid y me metió en la guitarra. Me hice guitarrista en dos o tres años, tocando, eso sí, 20 horas diarias. Y, como tenía facilidad, llegué a ser un buen guitarrista; vaya, incluso tenía repertorio de Paco de Lucía.
XL. ¿Por qué lo dejó?
L.L. Por la literatura. Para tocar un instrumento musical tienes que ejercitarte varias horas al día y para escribir también, entonces una cosa u otra. No lo dudé. Además, con la literatura podía ponerme a estudiar. Mi padre quería que fuera un hombre de provecho y, a ser posible, abogado. Eso también influyó porque escribir y estudiar eran compatibles.
XL. Y antes que eso quiso ir al seminario.
L.L. Tenía 12 años, estaba interno en el colegio Claret. Me gustaban los oropeles de la Iglesia, el ayudar a misa, el tocar la campanilla, el traje de monaguillo, los viacrucis, la ornamentación, el decorado. Eso me encantaba y pensaba que creía en Dios. Los curas me preguntaron que si quería irme al seminario y yo dije que sí, entonces fueron a hablar con mi padre.
XL. ¿Y qué pasó?
L.L. Mi padre les dijo: «Mire, yo no me he gastado veinte mil duros en mi hijo para que termine de cura» [se ríe]. Porque mi padre llevaba la cuenta de lo que se había gastado en mí. Me lo repetía de vez en cuando porque era mal estudiante. Mi padre dijo: «Cuando sea mayor de edad que haga lo que le dé la gana, pero ahora no se va a un seminario».
XL. ¿Cómo aprendió a escribir?
L.L. Solo y por contagio: leyendo y escuchando. Tuve la suerte de conocer el maravilloso lenguaje oral, la verdadera cultura popular, la del lenguaje que hablaba mi gente campesina, mis padres, mis abuelos. Eran todos campesinos y hablaban de maravilla, porque el lenguaje popular es muy creativo y es donde en realidad está el espíritu de la lengua. Ese bien hablar de mi abuela Frasca, que era analfabeta, pero qué bien hablaba y qué bien contaba los cuentos. Yo creo que eso me convirtió en escritor. Me encantaba oír a mis mayores decir refranes, adivinanzas, cuentos... Y luego descubrí la poesía, que vestía de fiesta las palabras. Y naturalmente tiene que haber cierta tendencia en uno hacia eso.
XL. ¿La había en su caso?
L.L. Sí. Además, yo siempre he sido muy solitario... y lo sigo siendo. Y siempre estoy insatisfecho, no quedo contento con nada, tengo una insatisfacción crónica.
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XL. ¿Como votante socialista siente desencanto?
L.L. Sí, pero, por otro lado, hay una extrema derecha que va al alza que hace que pueda llegar la ocasión vergonzosa en que votes a uno sin convicción porque entre lo malo y lo peor eliges lo malo. Pero no lo sé, el día que haya que votar me lo tendré que pensar. Todo esto que estamos viviendo, esta gresca, los insultos continuos, este lenguaje avergonzante, yo lo siento como una humillación, porque nos representan. Como decía Unamuno, «vaya melonar», vaya tropa que nos ha tocado. Me avergüenzo un poco, no de todos, claro, pero sí de muchos políticos, y estoy preocupado por el futuro del Partido Socialista.
XL. Estamos viviendo una época convulsa.
L.L. Y la gente tiene miedo. Lo más triste en la vida es vivir con miedo.
XL. ¿Le da miedo Trump?
L.L. Sí, puede hacer cualquier barbaridad. Me da miedo esta irracionalidad que estamos viviendo. La gente dice que Europa es débil, que está en decadencia, todo lo que quieras, pero Europa es un continente maravilloso con una civilización extraordinaria.
XL. Uno de sus hijos vive en Jerusalén. ¿Le preocupa?
L.L. Están bien, mi nieto va allí al colegio, pero el comecome no hay quien te lo quite, claro.
XL. Otro miedo para muchos es la inteligencia artificial.
L.L. Me da miedo el uso que se le pueda dar, pero en principio es una herramienta estupenda.
XL. ¿La utiliza?
L.L. Es que está ahí, se ha instalado en el móvil y, cuando miras algo, te sale, te resume muy bien las cosas, escribe bastante bien, hace cosas estupendas. Pero está haciendo verdaderos estragos en la educación porque los alumnos la usan para hacer el trabajo que tenían que hacer ellos. Lo que me da miedo es que quien sea dueño de la tecnología es dueño del mundo. Tener la tecnología es poder, puede ser una herramienta peligrosa.
XL. ¿Escribirá la IA buenas novelas?
L.L. Para nada. Puede hacer poemas, sinfonías y novelas, pero carece de sentimientos y de un estilo personal. La creatividad de la inteligencia artificial no me preocupa en absoluto, pero para la medicina dicen que puede ser estupendo. Están invirtiendo verdaderas fortunas en ella en Estados Unidos, y en Europa nos estamos quedando rezagados en esto como en tantas cosas. Para sobrevivir en el mundo que viene, hay que espabilar, vienen tiempos duros. Uno de mis sueños es que Europa se una política y militarmente e invierta en investigación tecnológica. Quiero que Europa sea un continente fuerte, poderoso, en parte para preservar el legado de tres mil años de nuestra maravillosa cultura.
XL. Uno de sus personajes se siente forastero en el presente. ¿Le sucede a usted?
L.L. Sí, me siento un poco fuera de época, como que esta época ya no es la mía.
XL. En el libro se percibe una añoranza por la lentitud y por la vida de barrio.
L.L. Es que las relaciones humanas se han deteriorado mucho debido al móvil y a Internet. No se habla como antes. Esa es la razón por la que he escrito Coloquio de invierno, porque se están perdiendo las relaciones humanas. Sin embargo, si a mi nieto que está enganchado al móvil se le acerca otro niño, entonces se pone a hablar con el niño. El mejor juguete para un niño es otro niño. Pero sí se han perdido esa calidez en las relaciones humanas, el gusto por contar, la lentitud y el silencio. También me siento de esta época y quiero participar del presente, pero culturalmente me siento desarraigado, porque mis referentes culturales están un tanto descatalogados ya.
XL. ¿Qué le parece que muchos libros ahora muy vendidos no tengan calidad literaria?
L.L. Es que no conozco esos libros. Cuando yo era adolescente, había libros populares que eran extraordinarios, yo los devoraba, sin entrar a juzgarlos, además. Ahora creo que falta una literatura popular de calidad, una baja literatura en el buen sentido de la palabra, que tenga un nivel y que tenga una dignidad.
XL. ¿Qué define a la buena literatura?
L.L. La experiencia viene diciendo que es la que perdura, aunque no siempre, claro, porque hay muy buena literatura que se echa al olvido también. Pero en general es la que pervive y también la que sugiere, que despierta emociones, que crea belleza. Yo sé si algo es bueno leyendo unas líneas.
XL. Se ha mantenido fiel a Tusquets. ¿Lo han tentado para fichar por otras editoriales?
L.L. Sí, alguna vez. Pero es que estoy muy bien en Tusquets. No tengo agente. Ellos solucionan todo, a mí las gestiones me agobiarían. Yo solamente les entrego mis libros, ellos no me meten prisa nunca, ni siquiera me preguntan qué es lo que estoy haciendo. Si yo se lo digo, bien. Estoy muy a gusto ahí y para qué voy a cambiar. Sí, en algún momento me han ofrecido premios importantes, pero yo no quiero premios, y menos premios que no prestigian a quien los gana. Se gana dinero, pero no añaden prestigio. Y, aparte de que es un lío, es mejor seguir a mi ritmo y a mi manera... y con Tusquets, que me llevo muy bien con ellos. No aspiro a más, con eso me vale.
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