Para que usted lo sepa: un orgullo

Gonzalo Trasbach
Gonzalo Trasbach (IN) SOMNIUM

BARBANZA

David Costas

05 sep 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

S oñar. Dice un conocido que sospecha que copio los artículos que aparecen los domingos en La Voz de Galicia, edición Barbanza. Que sepa que es un orgullo que lo diga. Pero sí. Los copio de mis sueños, de los sueños no soñados, de los que recuerdo y de los que olvido, pues mi memoria es quebradiza y caprichosa: retiene lo que conviene y desecha lo que no interesa. También robo algo de los libros leídos y sobre todo de los que aún están por leer. Pero además los escribo con la tinta de las novias que nunca tuve, de las mujeres que deseé en secreto sin que ellas lo supieran y de las que me amaban e ignoraba cruelmente.

Aparte de esto, destacar que tiene poca importancia que los copie o no. Pensándolo bien, es muy probable que después de Homero hasta nuestros días todo lo escrito solo haya sido copia de la copia, de la copia... Aunque ni siquiera roce el nivel de lo literario, la veracidad de un texto tal vez dependa más de la actitud ético-estética del autor, del esfuerzo desplegado para dar una forma y envolver la narración con un aura artística, que de ser original o no. De otro modo: en el honesto trabajo de usar una lengua de tal modo que despierte la atención de alguien, sea este quien sea. Tal vez lo fundamental sea que se reconozca la honradez del calado emocional con el que se puede identificar algún lector, como el que sospecha de mi.

Imaginar. Para realizar esta pequeña tarea es indiferente que los hechos concuerden con el texto o que hayan sido producidos por la imaginación o mediante la ensoñación. Se trata de ver escenas que antes pudieran o no ser vistas. Como soñar con andar por escenarios tan retorcidos como las oscuras ramas de los carballos que crecen al borde de los ríos y escuchan en profundo silencio la misma canción, pero con distinta agua.

Escuchar. Escuchamos el canto de los pájaros. La música de nuestros autores preferidos: un punteo, un riff de guitarra eléctrica, unos timbales africanos, unos vientos caribeños, unos bajos acatarrados, un guitarreo flamenco coronado con un repique de castañuelas españolas... Escuchamos para escribir. Pero no escribimos para maldecir, ni mucho menos para vengarnos de nadie, sino para rescatar las lembranzas encerradas en los oscuros rincones de nuestras almas, y a la vez para adiestrar unos sentidos gastados por el óxido de la edad, una edad que sabe que ni el viento ni el tiempo jamás se compadecerán de nosotros. Del mismo modo, pergeñamos alguna historieta para que revivan los outeiros de las toxeiras donde jugábamos de niños.

Como bien sabéis, compañeros, a veces la memoria se conjura para reírse de nosotros, aunque no lo parezca. Para remediarlo, como si fuese fruta de la huerta del vecino, robamos algo ya escrito o tal vez no exactamente. Escribimos para bucear en los procelosos mares de la historia hasta toparnos con Aquiles, aquella legendaria figura con la que algunos anhelábamos identificarnos. Mas nunca nos interesó el heroico Menelao: además de abandonar a la bella Helena, traicionó los sueños de Argos, el perro del ingenioso Odiseo, que se mantuvo firme a los pies de la (in)fiel Penélope.

Fue esta una mujer que, desde el fondo sombrío de los tiempos, tejió y destejió hasta transformarse en la carne de Molly Bloom, aquella atrevida ama de casa que una calurosa noche de junio, la del 16 del año 1904, en un barrio de Dublín desplegó al fin todo su erotismo desnudo y rotundamente afirmativo: «...Primero lo rodeé con los brazos. Sí y le atraje encima de mí para que pudiera oler mis pechos todos perfume. Sí y el corazón le corría como loco, y sí dije: ‘Sí quiero, sí’». (Último párrafo de Ulises, de James Joyce).