
En la Ribeira de hace no tanto, había una fecha clave donde veías a toda tu quinta: Fin de Año. Ya no. El carrito de mi hija tiene un motor para las cuestas, nunca lo activo, me gusta oír el crujido de mis rodillas, como una canción vieja de las que nadie canta en voz alta por temor a que le pregunten si está triste. La niña duerme, con mofletes a punto de nieve sueña con pingüinos que aplauden. Con ocho meses sabe más de mí que yo, que me empeño en subir la cuesta de Carroucha sin motor y saludando a los caballos de la huerta de tía Elvira, con su aroma a eucalipto, alquitrán y domingo.
Tengo cuarenta tacos, me lo repito sin anestesia. Cuarenta y, mientras paseo, veo a otros cuarentones como yo con el carrito del bebé, gente con la que eché partidas a las canicas, partidas viscerales que alguna vez llegaron a las manos en los profundos «guás» del antiguo parque de la guardia civil. Cómo me apetece echar una partida de canicas. Ribeira es pequeña, pero sus ecos son largos y suenan murmullos de infancias prestadas.
Me gusta ver a otros padres pasear. Lo sé; cuando los peques duermen, las dudas callan. Paseamos, llegar hasta el final del Touro es como llegar al chocolate con churros de aquellos fines de año. Algunos nos miramos pensando «con lo que hemos sido». Es la vida y es bonita. Soy solo un señor de pueblo con carrito y pañales de emergencia, guardián de las siestas de mi hija, cronista casi semanal de su primera primavera, caminante que no quiere que termine el paseo, millennial que ya no tiene que fingir que sabe lo que está haciendo.