
La conciencia verde obliga, pero la subsistencia de la especie manda; por eso en los últimos años numerosas investigaciones han sacado a la luz biocombustibles que se encuentran en la despensa, el minibar o el jardín de su casa
17 sep 2019 . Actualizado a las 10:53 h.El lejanísimo 1671 está grabado en el recuerdo de la localidad madrileña de San Lorenzo del Escorial. Ese año, el monasterio que atrae día a día a turistas de todas partes del mundo sufrió un terrorífico incendio que pudo haber acabado con el conjunto pictórico del templo. Es también la fecha que dio inicio a los enfrentamientos entre aborígenes y españoles en Nuevo México, esos que provocaron un revuelo diplomático hace unos meses, cuando el presidente López Obrador exigió al rey Felipe VI unas disculpas por los atropellos cometidos por España en aquel momento. El pasado siempre vuelve. Y se observa con un ejemplo que está de plena actualidad. Porque en 1671 también se obró un milagro que, en adelante, ayudará a que el abandono de los combustibles fósiles como fuente de energía sea una realidad. Se trata del ingenio que hizo que el naturalista británico John Ray sintetizase por primera vez el ácido fórmico tras machacar miles de hormigas rojas en su pequeño laboratorio. Esa sustancia, más allá de ser la responsable del escozor de las ortigas y el ácido que inyectan las abejas cuando pican, se ha descubierto que sirve como combustible. ¡Eureka! Pero no. Como la mayoría de los avances científicos, las complicaciones llegaron. Al parecer, eso sí, hasta ahora.
En el 2017, varios estudiantes de la Universidad de Tecnología de Eindhoven, en Holanda, presentaron un autobús que utilizaba ácido fórmico para funcionar, una alternativa tan eficiente como el combustible de hidrógeno. El problema radicaba en que no solucionaba el conflicto del dióxido de carbono, al menos hasta que se encontrase una forma viable de transformar el CO2 en ácido fórmico. Y ese día ha llegado: un equipo de la Universidad de Rice (Houston) ha conseguido, de forma eficiente y respetuosa con el medio ambiente, convertir el dióxido de carbono en ácido fórmico líquido altamente purificado gracias a un pequeño reactor catalítico por el que se insufla dicho gas invernadero.
Este sesudo hallazgo se suma a la lista de boletos que quieren ser premiados con el galardón de biocombustible ideal; en un momento decisivo para la humanidad y la naturaleza, como han puesto en evidencia, en último caso, los grandes incendios del Amazonas. Entre las alternativas sostenibles puntúan alto los derivados de la caña de colza, maíz o el azúcar. El aceite de colza, ya apodado el oro negro ecológico, permite generar un biocombustible de muy buena calidad. Se trata de una extracción de aceite de tipo mecánico, con lo que se evita el uso de solventes tóxicos, que favorece una producción de combustible más ecológico. Como dato a tener en cuenta: agricultores gallegos ya envían toneladas de colza a Sintra (Portugal) para su transformación en biodiésel.

Combustible en la cocina
En el caso del azúcar, por su parte, es gracias al etanol que tienen un espacio en este selecto grupo. Este compuesto químico, obtenido a partir de la fermentación de azúcar, maíz o remolacha, se usa ya -eso sí, mezclado con gasolina-, en gasolineras de Alemania desde hace diez años. También en algunos países de América Latina, donde, cada vez más, los coches se alimentan de estas fuentes sustitutas del petróleo que se extraen de algunos productos de la despensa.
Los esfuerzos de la llamada bioeconomía -la interacción de la sociedad con un ecosistema que exige que se le tenga en cuenta para que la especie humana subsista- obliga a invertir en investigaciones sobre biocombustibles que garanticen un futuro. En parte, del resultado de estos estudios y proyectos se extraen conclusiones, a cada cual más loca y esperanzadora. Para muestra otro botón que podemos encontrar, también en la despensa, o en el minibar. Se trata del tequila. La bebida mexicana comparte con los biocombustibles una posible y original fuente de producción. Un grupo de científicos australianos acaba de descubrir que el ágave, planta de la que se extrae este licor, puede ayudar a producir biocombustibles que generen etanol. Algo similar ocurre con los cactus del país de los mariachis. En México, concretamente en la ciudad de Zitácuaro (Michoacán), ya circulan camiones con biocombustible derivado del cactus nopal. Cuando se pican y se hacen puré, para a continuación mezclarlas con estiércol, la carne de los nopales se descompone para producir metano y agua. Y se obra la maravilla verde.
Ojalá que llueva café
De maravilloso y alucinante debieron tildar los investigadores del Centro de Tecnologías Químicas Sostenibles de la Universidad de Bath (Reino Unido) su último hallazgo. Estos expertos descubrieron que es posible utilizar residuos molidos de café para obtener biodiésel. La idea parte de remojar el producto en un solvente orgánico especial antes de aplicar un proceso denominado transesterificación, que se usa en la obtención de combustibles de origen vegetal. Este gran avance es tal, entre otras cosas, según comentan los investigadores, porque a diferencia de otras plantas que se cultivan exclusivamente para producir biodiésel, en el caso del café, la materia prima es un desecho de un cultivo que previamente ya ha sido aprovechado para otro fin. Además, explican que sería muy útil para tenerlo en cuenta a pequeña escala, por ejemplo, para alimentar a los propios vehículos de reparto de café. Según sus cálculos: una cafetería pequeña produce unos 10 kilos de los citados residuos, a partir de los cuales es posible generar dos litros de biodiésel.