Un menú discreto, como otro cualquiera

La Voz

CEE

Las opciones de ayer eran sopa de verduras, coliflor a la gallega y ensalada serrana, de primero, con guiso de carne, xarda a la plancha y pechuga de pollo -también a la plancha cubierta con una loncha de queso-, de segundo

16 mar 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Las opciones de ayer eran sopa de verduras, coliflor a la gallega y ensalada serrana, de primero, con guiso de carne, xarda a la plancha y pechuga de pollo -también a la plancha cubierta con una loncha de queso-, de segundo. Con postre o café: 8,50 euros (9,20 con un refresco en lugar de agua).

A las 14.20 horas se daban cita 11 comensales, entre los que solo se veían las batas blancas de dos jóvenes doctoras, que se decantaron por el bocadillo.

A la coliflor no se le advertía siquiera un ajo del refrito, con lo que solo el color anaranjado del pimentón permitía relacionarla con el título de la receta, mientras que la sopa, dispuesta un bol cerámico blanco, era toda una incógnita. De ahí la elección de la ensalada, que se podía también cambiar por ensaladilla, como ofrecía, muy atento, un camarero de mediana edad y aspecto cuidado.

La ración equivalía más o menos a la mitad de esas que venden ya preparadas para tomar en el supermercado y estaba razonablemente buena: fría, la lechuga fresca y la zanahoria sin esa insoportable textura avinagrada de la que viene ya rallada en botes. Con unas tiras de fiambre y el aliño envasado en porciones individuales, se dejaba comer.

La pechuga, con ser comestible, ya acusaba otras carencias propia de los platos que llevan tiempo hechos sobre una mesa caliente. Tanto el pollo, sin rastro ya de jugosidad -tampoco es que esta pieza se distinga por ello-, como las patatas fritas precocinadas tendían a agarrarse ligeramente al plato, consecuencia clara del calor que tuvo debajo mientras esperaba a los comensales.

Una pieza de pan, precocido también, y una natilla de supermercado -también había yogures, fruta (no mucha) y algún trozo de tarta- completaron un menú, que pasaría por vez en cualquier ciudad, pero lo tiene más difícil en Cee, donde a menos de 200 metros del hospital por ese dinero se puede almorzar con servicio en la mesa, mantel de tela, vino de la casa y el café incluido en la cuenta. Quizás por eso, y por la solidaridad mostrada con las despedidas, los sanitarios que entraban al comedor al filo de las 15.00 horas, portasen sus propias fiambreras y tomasen el camino del microondas antes de sentarse.