Hosteleros y comerciantes reaccionan a las nuevas medidas: «Lo más importante es el daño a los empleados»

Desde este viernes solo se podrá consumir en las terrazas y con un aforo del 50 %. Los comercios, por su parte, tendrán que cerrar a las 21.30


A Coruña

Uno de los restaurantes con más solera de la ciudad, El de Alberto, cerrará este viernes sus puertas. Carece de terrazas. Su propietario no lo lamenta por él, sino por sus empleados. «Son los grandes olvidados y sufren tanto o más que los propietarios», dice. Pues «se ven obligados a ir a un ERTE, no saben cuándo lo cobrarán y tienen familias detrás. Es algo dolorosísimo para ellos».

Alberto entiende que la situación sanitaria «es límite» y que «hay que tomar medidas». Eso sí, que «no nos dejen olvidados de la mano de Dios. Ni a los hosteleros ni a los empleados». Este empresario no ruega por ayudas, que también, pero sí ve necesaria la «eliminación de los gastos que tenemos que asumir estando cerrados». E insiste: «Por favor, no nos olvidemos de los empleados».

Esta situación la viven otros tantos hosteleros y comerciantes que, desde este viernes, tendrán que limitar aún más su actividad como medida para romper la tendencia al alza en el número de contagios de covid-19 en la ciudad herculina.

«Nosotras ya nos autoimpusimos las restricciones en mayo del año pasado»

Desde el 2 de mayo, cuentan Goretti Torreiro y Goretti Carrillo, responsables de la tienda de ropa y complementos para mamás y bebés Luna Lunera, se autoimpusieron las medidas sanitarias acordes a la situación. «Era nuestro deber y obligación. Sobre todo para el cuidado del cliente al que atendemos, pues generalmente son madres embarazadas, niños pequeños o abuelos que vienen a comprar regalos para sus nietos», dicen. Esta tienda, ubicada en la calle Real, cuando se vino encima la pandemia, cambiaron la tienda de arriba a abajo. «Pusimos varios mostradores para que no se formasen colas y nos cuidamos muy mucho de que no hubiese más gente de la permitida», afirman madre e hija. Esta última, Goretti Carrillo, no solo tomó decisiones en la tienda para llevar «más allá del límite» las restricciones. También su vida personal cambió. «Fui consciente desde el primer día que si yo no me protegía, no protegía a los clientes y a los que aquí trabajamos. Evité toda aglomeración, cualquier reunión con más personas de las debidas, nuestras Navidades fueron entre convivientes...». Y «así debería actuar todo el mundo. Debemos ser más conscientes y querer al prójimo. Si no asumimos las prevenciones, ponemos en riesgo la salud de los demás, no solo la nuestra». Su madre, Goretti Torreiro, recuerda con mal gusto la época navideña, cuando «por la calle Real pasaba un río de gente». O Cuando un día tuvo que ir a comprar un regalo a un centro comercial y «me encontré con una marabunta de gente». Por todo ello, para ambas, todas las medidas que se tomaron y se toman son «necesarias».

«Nuestro horario fuerte es a partir de las 17.00 horas y solo tenemos una hora de caja»

Andrés Quijano, de El Dorado, en la plaza de la Cormelana, no cerrará. Dentro de la desgracia, su amplia terraza le hace ser un privilegiado. Pero tiene un problema gordo. Su Horario fuerte es a partir de las 17.00 horas. Es decir, una hora de caja. Aunque el negocio es pequeño por dentro y grande por fuera, que a partir del viernes es lo importante, ve las cosas muy negras. Pero aguantará «hasta que podamos». La situación en la hostelería la califica de «muy grave». Ya no por lo que dejan de ganar, sino por lo que tienen que pagar. «Que si alquiler, que si impuestos de aquí y de allá... Esto es imposible», dice.

Andrés Quijano defiende con uñas y dientes la hostelería. «No es la culpable del aumento de los contagios», asegura. Aunque son feas las comparaciones, se pregunta «si otros sectores toman las medidas sanitarias que asumimos los hosteleros». Cada vez que va a un centro comercial o paseaba por la calle en Navidad se le venía a la cabeza lo mismo: «Esto sí es peligroso».

Otro asunto del que habla y se queja es de la venta de alcohol en los supermercados. «Habría que controlar eso. Porque todos sabemos donde terminan esas botellas, que es en botellones», afirma.

«Las restricciones deberían ser incluso más severas»

Suso Lagares, de la tienda de complementos Línea, en el centro comercial Cuatro Caminos, va más allá. Dice convencido de que las restricciones «deberían ser incluso más severas». Más que eso. Cree que «lo mejor sería el cierre durante, al menos 15 días, para frenar los contagios que se nos están viniendo encima». Y si no es así, «adelantar el horario de cierre a las 20.00 horas». es el mes apropiado, dice, pues históricamente, «enero siempre trajo pocas ventas y el impacto sería menor».

Mira a su alrededor y ve el centro comercial sin sus tres cafeterías o restaurantes, que están obligados a cerrar. Y sale a la calle, mira al frente y también ve dos negocios de hostelerías cerrados porque sus empleados tienen el covid. Ante esta situación, «lo mejor es endurecer las medidas, que solo así bajarán los contagios y antes volveremos a la normalidad».

«Hay que sobreponerse y abriré los 7 días de la semana»

Nana Pancha es un restaurante Mexicano de San Andrés que apenas tiene dos mesas fuera. Por lo que con las restricciones que entrarán en vigor este viernes parece que lo más coherente sería bajar la persiana. Pero Ana Elorza no lo hará. Nadie ni nada la frena. Es más, dice que abrirá «los 7 días de la semana». Que ante las dificultades, «lo mejor es sobreponerse, poner toda la carne en el asador y doblegar esfuerzos». Obligada a no poder servir dentro, solo ofrecerá comida para llevar. Pese a que eso solo le reporte el 20 % de su facturación. Para esta hostelera mexicana, que retirará las dos mesas de su terraza, las medidas impuestas son «desproporcionadas». Sobre lo de «reinventarse» para salir adelante, como piensan muchos hosteleros, Elorza no está de acuerdo. Dice que «ya está todo inventado y reinventado». Lo que hay que hacer, aconseja, es «esforzarse en mejorar lo que se tiene».

Mientras el Nana Pancha se volcará con la comida para llevar, Toño Doforno, del Monkee Ramen, en la calle Picos, le resultaría imposible. No ya es que esté obligado a cerrar, «es que me cierran», dice. No tiene terraza y «los que estamos en esta situación no nos queda otra alternativa». A Toño, como al resto de hosteleros, con las nuevas restricciones se le viene el mundo encima. Por lo de pronto, se le viene pagar el IVA el día 20. Desde que la pandemia llegó al país, su facturación cayó entre un 50 y un 70 %, dependiendo del mes. «Trabajamos para, al menos, no perder. O perder lo menos posible», lamenta.

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