El asesino de las 66 puñaladas que tras sus crímenes estudió Derecho en prisión

Con «una inteligencia prodigiosa», Prado Riveiro mató a un taxista y, con su novia y en presencia de su bebé, descuartizó a una pareja de conocidos


a coruña / la voz

Solo su nombre produce pavor y no hay nada más agrio que su recuerdo. José Manuel Prado Riveiro (O Pindo-Carnota, 1976) ha resultado ser protagonista de dos de los crímenes más horrendos de la crónica negra gallega. Detrás arrastra una historia de cuchillos y muerte; delante, la soledad de un hombre para el que su única familia es la cárcel. Está recluido en el centro penitenciario de Monterroso (Lugo) pagando una condena de 50 años de prisión. Pero cumplirá algunos menos y más adelante se explicará el por qué.

Este hombre de buena familia, que lo tendría todo en la vida sin más esfuerzo que el de dejarse caer por una cuerda, optó por destruirla. Acabó con la suya. La de su familia. La de un trabajador de 55 años. La de una joven pareja. Y las de todos sus seres queridos. Su paso por el mundo cuesta contarlo. Nunca mató tranquilo. Siempre con saña. Los forenses le suponen haber apuñalado 66 veces a sus distintas víctimas.

Manuel Antonio Prado tiene «una mente prodigiosa. Es tremendamente inteligente», recuerda el abogado Ramón Sierra. Opinaba lo mismo Manuel Martín Gómez, el letrado que lo defendió en su primer homicidio. Este penalista que logró para su cliente una condena de apenas 9 años de prisión pese a llevar a la muerte a un taxista propinándole 16 puñaladas para robarle 25.000 pesetas, califica la vida de Prado Riveiro como «un drama».

Aunque es una persona de alta capacidad, siempre estuvo peleado con el sistema educativo. Vagueó en la ya desaparecida academia compostelana Delta y se matriculó en un módulo de Informática. A los 16 años ya coqueteaba con las drogas y fue expulsado por traficar en el centro. Su familia luchó para enderezarlo y lo llevó a Proyecto Hombre. Pero no sirvió de nada. Una mala pesadilla en una casa sin un tachón.

Se volvió asesino a los 23 años. El 20 de febrero de 1999, Prado Riveiro subió al taxi de José María García Corral y le asestó 16 puñaladas. Su hermana Encarna dio consuelo a los padres de su tercera víctima. Los visitó para darles aliento. Nunca entendió esta mujer a la Justicia. «No se entiende que fuera condenado solamente a 9 años de prisión», dijo. 

Primer paso por prisión

Prado Riveiro ingresó en el centro penitenciario de Teixeiro el 13 de marzo de 1999. Soltero hasta entonces, cuando estaba a punto de cumplir la condena conoció en la cárcel a Adriana Amenedo Carreira, una joven reclusa de 25 años, de padres gallegos aunque nacida en Asturias y que también tenía problemas con las drogas. Tenía un hijo de una anterior relación y continuó en la cárcel diez meses mientras el hombre que acabaría siendo su ruina ya disfrutaba de la libertad. Cuando Adriana salió, el 31 de enero del 2007, intentaron ser una pareja normal. Pero estaban muy enganchados. Intentaron dejarlo varias veces. Los padres de él les echaron una mano. Vivían en su casa y trabajaban en el negocio familiar, un restaurante que durante los seis meses que tuvo a Adriana y a Manuel como empleados a la caja se le abrió un agujero. «Robábamos para mantener nuestra adicción», reconoció Prado Riveiro en una carta que le escribió a una jueza instructora.

A los tres meses, Adriana se quedó embarazada. Entraron en barrena cuando los padres de él les enseñaron la puerta. «Se cansaron de aguantarnos y nos echaron de casa», reconoció en su día.

En enero del 2008 nació su hijo. Tras su estancia de dos meses en el hospital -el bebé tenía síndrome de abstinencia-, se instalaron en un piso de la calle Pintor Seijo Rubio de Betanzos. Y no pararon de drogarse frente a un crío de apenas unos meses. Al que llevaban a comprar heroína a los poblados más inmundos, a robar, trapichear o a matar. El 5 de septiembre del 2008 ambos decidieron acabar con la vida de una pareja de conocidos para robarles el dinero que pudieran tener en casa. Tal y como recientemente escribió la periodista de La Voz Carmela López en su crónica titulada El salvaje crimen de la pareja que apareció descuartizada en un monte de Ferrol, Prado Riveiro y Adriana Amenedo propinaron entre ambos cien cuchilladas y machetazos a Claudia Alejandra Castelo Castro, de 25 años, natural de Buenos Aires, y su pareja, José Manuel Gómez Rodrigo, conocido como Pachá, de 37, nacido en París. Ambos hijos de emigrantes procedentes de la localidad de Sada.

De tanto horror solo se sabe lo que los forenses pudieron deducir y lo que los autores han querido confesar. Mintiendo a veces, contradiciéndose otras; hilvanando al final una declaración sorprendentemente coherente y macabra. Prado Riveiro descargó toda la responsabilidad en Adriana Amenedo y esta sobre él. Pasaron de una relación inquebrantable tanto en lo personal como en lo jurídico a descargar uno sobre el otro todas las culpas.

Hoy, 13 años después, Prado Riveiro continúa en prisión. En Teixeiro aprobó el acceso a la universidad y estudió Derecho. Su comportamiento nunca fue malo. Hace unos meses lo trasladaron a la prisión de Monterroso. Aunque no cumpla los 50 años a los que fue castigado, «es muy probable que cuando transcurran tres cuartos de la pena ya pueda gozar del tercer grado, que permite disfrutar de salidas», según sostiene el penalista Carlos Manuel Sanz. Si es así, Prado Riveiro pagaría sus culpas a la edad de 65 años. Durante casi dos tercios de su vida no podrá dar más de tres pasos sin tropezar con la pared de una celda.

Para Adriana Amenedo, en cambio, todo acabó. El 1 de junio del año 2017 falleció de cáncer. Se lo habían detectado en el hospital cuando la trasladaron tras intentar suicidarse. Tenía 34 años. En prisión, tras romper todo vínculo con Prado Riveiro, conoció a otro recluso, que también falleció poco después de ella por la misma enfermedad. Dejando a dos criaturas al cuidado de sus abuelos.

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