
Cuando los hombres son más peligrosos que los animales salvajes
29 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.No me canso de ver el vídeo de los buzos coruñeses Daniel y Martín Bouzas con el delfín Manoliño. Lo publicó La Voz de Galicia esta semana. Una maravilla; como un baile submarino al compás de las corrientes, un baile a cámara lenta entre el animal, tan dócil, y uno de los hermanos, que, rebosante de entusiasmo, no pudo resistir la tentación de acariciarlo.
Acariciar un delfín en las profundidades del Atlántico... Menuda impresión. Es verdad que la recomendación de los expertos es no tocarlos jamás por el peligro que eso entraña, por mucho que Manoliño sea cuidadoso en su aproximación a los humanos. Con todo, creo que estos cetáceos cargan con más advertencias y culpas de las que merecen.
Mi única experiencia con los delfines fue en Cuba, en una iniciativa que permitió que un grupo de turistas nos bañásemos con ellos en una zona acotada en alta mar. Nos metimos todos en el agua, de pie, formando un semicírculo y braceando para mantenernos a flote. «No se muevan mucho para evitar riesgos y enseguida juguetearán entre ustedes los delfines», nos advirtieron. En efecto, pronto pasaron los arroaces tan cerca que bastaba estirar el brazo para acariciarlos. La sensación es impresionante.
Estaba yo en la gloria hasta que sentí un impacto violento en la pierna derecha. Pensé que uno de los animales me había golpeado al pasar junto a mí. Pero resultó que no: era el turista alemán que tenía al lado. Dieter, le llamaba su mujer. Cuando salimos del agua pude comprobar que el agreste Dieter era como una ambulancia y que tenía los muslos masivos de Gerd, Torpedo, Müller o de Roberto Carlos. ¡Qué dolor! Aquel día aprendí qué parte del cuerpo se corresponde con los isquiotibiales... Y que hay especies más peligrosas que los delfines.