Así fue el traspaso de la confitería Flory, que no llega a la Glaccé: «Con lo que se pagó no daba para comprar un piso»

VIVIR A CORUÑA

Luz Bergondo, actual propietaria de la confitería Flory (Francisco Añón, 44).
Luz Bergondo, actual propietaria de la confitería Flory (Francisco Añón, 44). Y.G.

Luz Bergondo fue una de las dependientas de la confitería que en 2016 se animó a seguir escribiendo la historia del negocio fundado en 1967

24 sep 2025 . Actualizado a las 18:33 h.

La continuidad de un pequeño negocio se suele vertebrar en las generaciones que vienen. Cuando no las hay o no quieren heredar ese trabajo sacrificado que les permitió vivir bien, los dueños originales se ven abocados al traspaso o, peor, al cierre. Este último, si nada cambia, es lo que le sucederá —desgraciadamente para sus clientes— a la confitería Glaccé este mes de septiembre. Sin embargo, la ciudad cuenta con ejemplos similares pero con final opuesto. Es el de la confitería Flory (Francisco Añón, 44), que en 2016 firmó una continuidad discreta y sin ruidos. «Con lo que se pagó no daba para comprar un piso», cuenta Luz Bergondo, actual propietaria.

La noticia del final de la pastelería de la calle Menéndez Pelayo se conoció durante el verano del pasado año, cuando se puso a la venta. Incluso, se publicó la horquilla de partida: entre 800.000 y un millón de euros. Coste que, evidentemente, incluía la receta de todo el catálogo de dulces. «Las recetas son naturales, artesanales, todo de primera calidad, supernatural. Y las regalan con la venta, enseñan a hacerlas y, ojalá, se venda. Ojalá pueda continuar», explicó hace un año Silvia Gómez, dependienta y único miembro de la tercera generación que echó a andar esta confitería tras un traspaso en 1964.

Hasta la fecha no se ha consumado la compra. Y Mari Carmen Gómez Martín, actual propietaria del negocio junto con sus hermanos Raúl y José Luis, confirmó a La Voz que el cierre se producirá el 28 de septiembre. «Los que trabajan se jubilan, yo estoy mal de la espalda, y no hay relevo», dijo.

Ante este panorama, la confitería Flory se alza como uno de los pocos refugios en la ciudad donde todavía se podrá salivar con el roscón a la gallega, estilo larpeira. Además, su futuro se vislumbra largo y próspero, siempre que los clientes continúen acompañándola en esta tradición. Y todo ello gracias a un traspaso continuista que se consumó en el 2016, mucho antes de que estallara la fiebre por este postre invernal.

El traspaso de la confitería Flory 

Luz Bergondo es una de las dos patas que se hizo con la pastelería que fundaron Hortenio y Florinda en 1967. Junto con una compañera dependienta, se animó a ponerse al frente del negocio cuando la idea del cierre floreció entre sus herederos. «Esto funcionaba bien, llevábamos aquí un montón de años y era una tontería perder la confitería», cuenta.

Bergondo no quiere revelar el precio que tuvieron que pagar ella y su colega, ya jubilada. Pero, desde luego, lejos de los 800.000 euros por los que salió a la venta el pasado año la Glaccé. «El precio no lo diré. Pero desde luego no fue un millón de euros, ni de lejos. Fue alto, pero nada exagerado. Con lo que se pagó no daba para comprar un piso», recuerda.

Que lo cogieran las dependientas hizo que el traspaso fuera muy tranquilo tanto para ellas como para la clientela, que ya las conocía. Así, no hizo falta que se desvelase ninguna receta o secreto. «Nosotras ya lo sabíamos todo, éramos las dependientas de siempre», apunta Luz. Además, no quisieron hacer cambios de ningún tipo. «Todo sigue igual: mismo pastelero, mismas recetas. Los pasteles, las tartas, las milhojas. Todo es artesano, nada congelado. La crema es de leche y huevos, como siempre», añade.

Esta continuidad, sellada en 2016, promete perdurar. No solo porque a Luz aún le quede algún años detrás del mostrador, sino también porque los más jóvenes están preparados para tomar el relevo cuando llegue su jubilación. «Está trabajando mi nuera, así que el futuro está más que asegurado», confirma la dueña. Cuando llegue ese momento es cuando tocará hacer el traspaso total de poderes. Porque, por el momento, la gallina de los huevos de oro está en manos de muy pocos. «La receta del roscón solo la sabemos el pastelero y yo. El resto sabe el proceso, pero no las cantidades», confiesa Luz.