La historia del cine (y del espectáculo en general) reservará en el futuro un hueco a Avatar y eso ya es incuestionable.
De paso, la industria y los exhibidores propondrán la canonización laica para James Cameron, santo varón que les ha garantizado la supervivencia del negocio proporcionándoles un torrente de dólares por cuyo cauce discurrirán nuevos productos.
El autor de Titanic no inventó el 3D, claro, pero elevó sus posibilidades a una potencia de la que será imposible regresar. El próximo desafío estará en lograr que la imagen tridimensional no necesite de la mediación de gafas para disfrutarla. Al tiempo.
Cierto que se abren otros interrogantes, sobre todos, ¿qué ocurrirá con el soporte convencional? ¿Michael Haneke, Alejandro Amenábar, Kim Ki-Duk o Woody Allen se verán forzados a pasar sus imágenes al 3D? Hum? Una incógnita apasionante porque el nuevo formato no implica necesariamente el recurso a las virguerías visuales.
En cuanto a Avatar, vista en imagen convencional no pasa de singular película fantástica a la que habrá que regatear elogios superlativos porque su trama es simple y además James Cameron, sin duda muy listo, se ha preocupado de servirla en plato apto para todos los estómagos (y asegurarse la taquilla en todo el mundo), limpia como una patena, en la que hasta el instigador intelectual de la guerra contra los indígenas regresa a la Tierra tan pancho.
Todo es correcto y aunque las agencias (y a saber si detrás de ello no está la propia Fox para nutrir la expectación) filtran constantemente noticias sobre supuestos rechazos y boicots al filme, Avatar la hubiera apadrinado Disney sin ruborizarse.