Igual que los escolares, el centro educativo y la familia debemos detectar nuestros errores para aprender a corregirlos e ir mejorando
08 nov 2012 . Actualizado a las 14:26 h.POR PARTE DEL CENTRO ESCOLAR:
CUANDO EL EQUIPO DIRECTIVO:
No tiene en cuenta las propuestas del AMPA o desoye de forma continuada sus peticiones.
Se niega a poner en marcha nuevas ideas o proyectos «porque aquí siempre se hizo de otra manera».
Reduce al máximo los canales de participación de las familias.
CUANDO EL PROFESORADO, EN ESPECIAL EL TUTOR:
No informa a la familia de los asuntos que afectan a su hijo.
No toma en serio la petición de ayuda de los padres o minimiza el problema sin investigar más a fondo («los niños son así...»).
No se involucra en la resolución de problemas que no se ciñen al entorno estrictamente escolar («su compañero de clase se mete con él a través del Tuenti, pero ahí no podemos hacer nada»).
Reduce el tiempo para reunirse con los padres a los 15 minutos del recreo.
No les ofrece una solución o línea de actuación, solo un juicio: «Su hijo es un maleducado».
No estructura la entrevista y deja que la familia se vaya sin tener claro a qué conclusión se ha llegado.
Culpa a la familia de la situación: «Ustedes son los responsables de cómo es su hijo».
Asume que una familia monoparental o con bajos recursos socioeconómicos no va a ser capaz de responder a sus necesidades educativas.
Acusa a los padres de desatender a su hijo: «Desde el centro sospechamos que al niño le falta afecto y atención».
No dispone de un horario de atención a las familias flexible: «Lo siento, solo puedo atenderles el lunes a primera hora».
POR PARTE DE LA FAMILIA:
Cuando utilizan la AMPA para arremeter contra el equipo directivo o profesorado.
Cuando en el consejo Escolar boicotean de forma sistemática las propuestas que hace el centro.
Cuando se saltan las vías de comunicación ordinarias y piden hablar con el director para cualquier asunto.
Cuando exigen que el profesorado les atienda en cualquier momento.
Cuando mienten acerca de los hábitos de sus hijos por creer que así los están defendiendo.
Cuando no admiten que hay un problema o se niegan a aceptar la realidad.
Cuando no están dispuestos a colaborar.
Cuando se niegan a firmar las faltas de orden.
Cuando, ante un caso serio, solo aparece uno de los progenitores (normalmente la madre) y el padre no participa nunca de estas reuniones.
Cuando se dedican a echar la culpa de la situación del niño «a esa maestra tan mala que tuvo en educación infantil».
Cuando adoptan una actitud en exceso subjetiva y defienden a sus hijos a capa y espada.
Cuando dan crédito absoluto a la interpretación de los hechos que su hijo hace de un incidente escolar.
Cuando nunca encuentran tiempo para tener una entrevista con el tutor.
Cuando amenazan al profesor con denunciarlo.
Cuando responsabilizan al centro de la educación de su hijo y minimizan la importancia de lo que se le transmite desde casa.
Cuando piden ayuda solo cuando la situación ha llegado demasiado lejos: «Yo con mi hijo ya he tirado la toalla, haced desde aquí lo que podáis».