TLa apertura del juicio contra Jordi Pujol y sus hijos, más un cierto número de empresarios corruptos, representa el punto final de una larga etapa, para Cataluña y para el conjunto de España. La cronología es impresionante: además de haber sido un político activo en la oposición a la dictadura franquista, Pujol fue elegido presidente de la Generalitat antes de la llegada de Felipe González al gobierno, y dejó la presidencia casi al mismo tiempo que lo hizo Aznar. En primerísima fila durante más de 23 años: ahí es nada.
Pero no hay que equivocarse en el sentido de la flecha causal. La desaparición de Pujol no produce cambios, sino al revés: son los cambios registrados en la sociedad catalana y española los que ha barrido al pujolismo. No se trata de una mera coincidencia: el mismo día que se abre el juicio, se publica una encuesta de opinión, en la que Junts per Catalunya, el partido heredero de la vieja Convergencia, se vería superado por Aliança Catalana, el recién creado partido de extrema derecha, xenófobo e independentista.
El juicio a los Pujol ha sido posible porque la sociedad y la política, tanto en Cataluña como en España, han cambiado. La Cataluña de Jordi Pujol era una Cataluña sin turistas ni inmigrantes, fuertemente comarcal y poco urbana, protagonizada por una clase media tradicional de pequeño comercio y pequeño taller industrial; poco culta, pero sentimental; conservadora, pero no franquista; religiosa, pero no carca. Hoy esa clase media está en trance de extinción, y con ella la Cataluña mesocrática en que se basó el pujolismo.
Hoy, el pequeño comercio cede ante los supermercados de 24 horas, regentados por inmigrantes asiáticos y misteriosamente floreciendo en el centro de las ciudades; la pequeña industria ha sucumbido ante las industrias chinas y la distribución por Amazon; el ceremonial tradicional de las fiestas familiares y el belén navideño ha cedido ante el empuje del black friday, el éxito mundial de Rosalía y un mercado inmobiliario enloquecido que expulsa a los nietos, pero atrae a jóvenes expat bien pagados.
Es más, es casi conmovedor que tanto el presunto origen de los dineros (el legado dejado por Florenci Pujol, el padre del expresidente) como la organización que los repartía entre los miembros del clan sean familiares: todo quedaba en familia, aunque sean fechorías.
Por eso casi me permitiría un pronóstico: el «caso Pujol» va a tener muy poco trayecto en términos de derecho penal, y nos va a decir muy poco sobre los intercambios ilícitos entre el mundo de la política y el mundo económico. Más sustancia podía haber tenido el caso Banca Catalana, la entidad financiera que presidió Pujol, y cuya quiebra y rescate hubieran podido aportar mucha luz, si no hubiesen sido oportunamente archivados en octubre de 1986. (Nota al pie: es espectacular que los abogados de los hoy acusados atribuyan al desfalco de Banca Catalana el origen de sus fortunas, aprovechando que aquel caso está ya prescrito).
En suma, el juicio a los Pujol va a ser sobre todo un síntoma de qué es hoy la política en nuestro país, más que la liquidación de aquel pasado.
Joan Botella es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Barcelona.