Tomo café con dos amigos que tienen sendos nietos. Uno se acaba de estrenar en la categoría de abuelo y el otro ya es veterano. La conversación, de vez en cuando, se escora hacia los niños, con alusiones a sus gracias y ocurrencias, por algo ayudan en lo que es necesario cuando sus servicios son requeridos por los padres. Por lo que ellos comentan y por lo que dice la mayoría de los que son abuelos, hay que dar por bueno que esta nueva experiencia humana es agradable y reconfortante. Los abuelos disfrutan de los nietos en una dimensión diferente a la que han tenido con sus propios hijos. La responsabilidad en la educación de esos niños recae directamente sobre los padres y ellos, los abuelos, cumplen su cometido colaborando en la tarea, pero siempre desde un lado de amable aliado. Los que tuvimos la suerte de criarnos con abuelos en la misma casa sabemos de estas pequeñas complicidades en forma de propinas inesperadas, comprensión ante travesuras censurables, palabras de ánimo y restar importancia a cosas y hechos que nos parecían insuperables. La infancia se alargaba gracias a su presencia. Con el paso de los años pudimos devolverles ese cariño que nos mostraron siempre cuidando también nosotros de ellos, aunque nunca en la misma medida y ni con la misma entrega.
De todas formas, el papel de abuelos hay que saber medirlo para encajar bien el puzle de la complicada tarea de educar a un niño que se hará adolescente. Habrá caprichos que no deban satisfacer y exigencias a las que no deben renunciar. Es la mejor manera de ayudar a los niños y a sus padres. Y como ejemplo de lo que no se debe hacer (y para aportar algo a la conversación con mis dos amigos) les cuento una anécdota curiosa vivida en mi pueblo en una casa vecina a la nuestra. Una familia con abuelos, padres y dos hijos, algo muy común en la Galicia del interior. Los hijos eran una chica y un chaval, que era el favorito del abuelo, algo que también solía ser muy común en este medio.
El chico, un adolescente que siente mucha más pasión por las motos que por los libros, trabajaba de aprendiz en un taller mecánico del pueblo y su conversación preferida con el abuelo gira siempre sobre motos. Que si Ángel Nieto, que si Jorge Lorenzo, aunque Valentino Rossi sea irrepetible, que si las Yamaha son las que tienen más reprise, aunque quizá las Honda ofrecen más estabilidad, que si el circuito de Austin es más peligroso que el de Jerez, que hay neumáticos para días de lluvia y días de calor… Total, que el chaval no paraba de hablar de su tema preferido con el abuelo. Este se permitía meter baza con pequeñas escaramuzas sobre la forma de podar la parra, de sachar las patatas o de recoger manzanas para hacer sidra y compota..., pero era consciente del poco éxito que obtenía. Y todas las conversaciones acababan con un ruego del nieto: «Abuelo, cando cumpla 18 anos, tés que comprarme unha moto».
Y llegó la fecha. Sacó a la primera el carné de conducir y, un día, abuelo y nieto se fueron a Santiago, al concesionario de la marca preferida del chico. El abuelo le dijo que escogiera el modelo que quisiera. Pagó la moto al contado y le preguntó si estaba contento. El chaval casi no podía hablar de alegría, le dio un abrazo y le dijo que la estrenaría ya este domingo yendo a Coruña a ver el partido del entonces Súper Dépor. «Está ben», le dijo el abuelo, muy serio. Y poniéndole una mano en el hombro, añadió: «E agora que non me entere eu de que che pasa alguén pola autopista».