Una alemana en Cedeira: «Con 12 años besé a un gallego en Pantín y allí mismo me enamoré de Galicia»
CEDEIRA

Grusche Rosenkranz, traductora y profesora de idiomas de Hannover, dejó Mallorca para asentarse en su «querido» norte, al que está ligada desde hace más de 50 años
09 feb 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Tenía siete años cuando pisó esta esquina de la península ibérica por primera vez. Su familia vivió un tiempo en Madrid por el trabajo de su padre, ingeniero, y un amigo les dijo que se iba en verano a Galicia. Era 1970. «Recuerdo el franquismo, teníamos que enseñar el carné, se nos trataba como extranjeros de primera clase... aún hoy no es lo mismo ser alemán que colombiano», reflexiona Grusche Rosenkranz, originaria de Hannover, aunque nació en Suiza. Su madre, altísima y rubísima, igual que ella y sus hermanos, llamaba la atención en Pantín (Valdoviño), donde compraron casa y donde, ya de vuelta en Alemania, siguieron veraneando.
«Con 12 años besé a un gallego en Pantín, amigo desde la infancia, y allí mismo me enamoré de Galicia», recuerda entre carcajadas. Después del instituto, con 19 años, se marchó a Estados Unidos y pensó en quedarse. Pero como mujer se sentía «más libre» en Europa, dice. Regresó, pasó una temporada en las Islas Canarias y once años en Mallorca, «como buena guiri», se mudó a Barcelona... «Pero nunca dejé de venir aquí», cuenta en Cedeira, donde se compró un piso hace tres años. «Cuando aún eran pagables —recalca—, desde el año pasado los precios han subido desmesuradamente, por menos de cien mil euros en condiciones para vivir es imposible encontrar».
«Aquí tienes todo lo que necesitas para hacerte vieja dignamente [...], hay más respeto por los viejos que en mi país», afirma esta traductora y profesora de inglés y alemán desde hace 25 años, que da clases por internet. Durante años trabajó para hoteles y ha traducido «de todo», desde videojuegos a software o páginas web. «Soy una afectada por la inteligencia artificial, la gente ya no valora la calidad, quizás porque no puede», concede.
Por eso ahora se ha volcado en la formación, en Turilingua (accesible a través de la plataforma Merkakí). «Son clases de conversación (y algo de gramática). Yo aprendí idiomas hablando, la idea es que te puedas comunicar con la gente, hacer amigos, atreverte a ir a un país extranjero... me gusta hacer hablar a la gente», explica. Su idea es combinar las sesiones online con «alguna reunión en un café o en una tienda, y así también sirve para promocionar el comercio de Ortegal».
A Grusche, Gruxe para los gallegos (lengua que entiende perfectamente) e incluso Cruz, le gustaría indagar en la cultura celta y su posible origen vikingo. Toda su familia directa vive en España, repartidos entre el Mediterráneo (su madre, su hija y su hermano) y Galicia (su padre y su hijo). «El gran cambio en este país vino en el 75, y hasta el año 2000 fue increíble, pasar de ser tercermundista (así lo veíamos) a ser parte del primer mundo. Aquí nos quejamos por vicio... en esta zona quizá no hay muchos trabajos, pero la calidad de vida es muy buena. Y en general, hay muchas cosas que funcionan mejor que en Alemania», repite.
España va por delante
Cuenta que en su país la banca electrónica llegó mucho más tarde que en España, igual que la tarjeta sanitaria —«hasta 2024 no podías ir a la farmacia a sacar las medicinas con ella»— o el certificado digital. «En Alemania vamos muy por detrás. España siempre ha sido el gran país católico, pero Alemania fue el último en permitir el matrimonio homosexual. Aquí la gente se queja del sistema de autónomos, pero pagas poco por las prestaciones que tienes. En Alemania puedes llegar a pagar el triple, y sin derecho a paro. Hay trabajo y está mejor remunerado, pero es todo demasiado caro si tienes una pequeña empresa. Yo soy migrante económica», remarca.
Reconoce su inquietud por la situación geopolítica, tanto si mira hacia Estados Unidos como hacia Rusia, y económica —«en España va bien, pero en Alemania apenas crece, está estancada»—. En Cedeira y Ortegal ve oportunidades de negocio para jóvenes emprendedores, en parte ligadas al sector turístico: «Tenemos el mejor clima de España, el más suave, y cada vez va a haber más visitantes desde Semana Santa hasta finales de octubre. El Mediterráneo está saturado. A mí siempre me ha gustado el norte, me quemo fácilmente bajo el sol... esto me recuerda el lugar donde viven los hobbits de El Señor de los Anillos, las 50 sombras de verde, las 50 maneras en que sopla el viento y los 50 nombres que tenéis aquí para la lluvia...».
«Conservo la nacionalidad porque por muchos años que lleve aquí, una parte de mi identidad es alemana [...], pero aquí no puedo votar en las elecciones generales», lamenta. Añora a sus amigos, que le surten de algunos productos; o los juegos de mesa de estrategia, tipo Eurogame, —«estoy buscando por Facebook a gente que le gusten, a ver si tengo suerte y encuentro»—. Disfrutona, devota de la gastronomía y la cocina, echa en falta «aquellos platos de cuchara de legumbres, tan tradicionales y tan ricos, que se están perdiendo». Ella hace todo lo posible por conservarlos, igual que el caldo de grelos, nabizas o berzas.
En repostería, se queda con las tartas germanas (aunque sus costumbres ya son de aquí, como el café después de comer) y se pregunta qué ha sido de aquellos caramelos de anís, «unos bloques azules», que devoraba en su infancia en Pantín: «Era un pueblo perdido, no había nada, y ahora hay mucha gente de fuera y es muy difícil conseguir una casa».